martes, 1 de septiembre de 2020

CUATRO MIL CIENTO TRES









Cuando me doy cuenta de la cantidad de personas maravillosas que he tenido la suerte de conocer a lo largo de mi vida me siento agradecida, porque de ellas he aprendido lo mejor de mí misma.
Ayer vi el documental de Luciano Pavarotti, con cierta emoción, recordando aquella cena que nos preparó él mismo en San Francisco.
Habíamos ido mi prima Isabel Maier y yo en uno de esos viajes que Boccaccio organizaba todos los años.
Como de costumbre, lo primero que hacíamos era comprar la guía del ocio de las ciudades, Isabel para ver las óperas y yo para saber qué exposiciones había en los museos de arte contemporáneo.
En cuanto Isabel vio que Luciano estaba en San Francisco se puso en contacto con él y nos invitó a cenar.
Se suponía que primero iríamos a su hotel y luego saldríamos.
Mi prima Isabel había sido aficionada a la ópera desde pequeña y en verano iba todos los días a la óperas de la Abao y después cenaba con los cantantes por lo que para ella Luciano era un amigo muy querido.
Más tarde se casó con Ruggero Raimondi, bajo barítono extraordinario a quien ha acompañado por todo el mundo incluso cooperando con él en ocasiones.
Pues bien, acudimos al hotel de Luciano que era una especie de apartamento muy elegante, estilo inglés.
Nos recibió con entusiasmo, era un hombre encantador, cariñoso que en seguida nos hizo sentir bienvenidas.
Se notaba que le hacía ilusión ver a cara Isabella y de paso, como yo era su cugina pues conmigo también estuvo simpático, hasta tal punto que pasaba el tiempo y los tres nos sentíamos tan a gusto que Luciano propuso cocinar para nosotras a lo que accedimos encantadas.
Así que al cabo de un rato, nos hizo pasar a un comedor en donde ya había puesto la mesa y apareció con una bandeja repleta de conejo con champiñones, orgulloso de ser un magnífico cocinero.
Acompañamos la cena con un buen vino, que me vino bien para poder unirme a la conversación porque mi italiano es mínimo y hasta entonces no había sido capaz de participar demasiado.
Al terminar la cena decidimos marcharnos porque habíamos llegado ese mismo día y estábamos agotadas pero Luciano insistió en que nos quedáramos a dormir con él.
Lo decía con simpatía pero insistía diciendo:

Io posso con tutte due, Io posso con tutte due*

Cuando me vi en el ascensor con Isabel se me quitó un peso de encima.
No queríamos ser antipáticas pero queríamos dormir tranquilamente en nuestro hotel y descansar.
Guardo de Luciano un recuerdo estupendo, era un hombre cálido, muy simpático y un magnífico anfitrión.
De hecho es el tenor que más me gusta del mundo entero.




*puedo con las dos, puedo con las dos





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