viernes, 18 de septiembre de 2020

CUATRO MIL CIENTO DIECIOCHO







Decía Jung que la depresión se cura con humildad y yo estoy de acuerdo con él.

Mientras veía la película Coda y disfrutaba de la música y notaba cómo el neurótico protagonista me estaba sacando de quicio, me iba dando cuenta de que me cuesta mucho estar con personas que tienen problemas mentales porque yo misma, que he estado cerca, muy cerca de esos submundos, también me sentía el centro del universo. 

No quiero volver a esos tiempos, aunque me viene bien una simple ojeada para sentir gratitud por lo bien que me siento ahora, libre de esos estados tan plenos de sufrimiento.

Vuelvo a la película.

No se la recomendaría a nadie a pesar de que he estado muy atenta porque la música me embriagaba y se supone que el protagonista, Patrick Stewart era uno de mis actores favoritos, no obstante reconozco que es aburrida, que el guión es flojo y que hay que ser muy fanática del piano para soportarla.

Además me ha hecho pensar en mí y en ese asunto que tengo pendiente con las personas que tienen sed de conocimiento, de poner claridad en sus desquiciadas mentes y son incapaces de reconocerlo.

También he pensado una vez más en la importancia de la fuerza de voluntad, necesaria para vivir en el camino que cada uno se ha trazado y en cosas de ese estilo que tan relacionado está con saber por qué nos dedicamos a lo que nos dedicamos.

En un momento de la película el pianista le pregunta a la chica:

¿Por qué escribes? 

Y ella contesta:

Me ayuda a poner orden en mis ideas, me ayuda a conocerme.

He recordado que eso mismo me preguntó mi profesor Larroque el jueves pasado y le contesté lo mismo, pero él, no satisfecho todavía, me preguntó:

¿Para quién escribes?

Y yo, sin dudarlo ni un ápice de segundo le contesté:

Escribo para mí.

Habría mentido si no hubiera contestado exactamente lo que contesté.











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