viernes, 19 de junio de 2020

CUATRO MIL CUARENTA Y SIETE











Echo de menos las clases de escritura.
Aunque escribo todos los días mi diario y contesto a los Wasaps con interés, se que he perdido el contacto con la literatura.
Echo de menos a Íñigo Larroque el profesor y a los que acudíamos a sus clases con verdadero entusiasmo.
Necesito aprender todos los días, no soy autodidacta en nada.
Siempre me han gustado los profesores, excepto yo misma que tengo el título de profesora de dibujo, lo he ejercido pero no me hacía feliz, prefiero ser aprendiz.
Sigo escribiendo, lo necesito, es una de mis más potentes maneras de comunicarme, no obstante tengo la sensación de que lo hago más por terapia que por expresar mi creatividad.
Tanto tiempo a solas con mi malestar me ha hecho despertar del letargo que había padecido durante años.
Me encontraba mal, cansada, sin ganas de nada que no fuera meterme en la cama y que la radio me mantuviera medio entretenida, era casi una pesadilla.
Agradezco que llegara la leucemia y que haya barrido las enfermedades que me diagnosticaban los galenos de todas las especialidades sin acertar.
Hasta yo que no se nada de medicina me daba cuenta de que erraban.
Incluso me enfadé con Álvarez de Mon porque con su medicación perdía la memoria.
La leucemia se ha llevado todo menos el mal carácter que lo tenía adormecido y al encontrarme bien se ha puesto como una fiera y no sé qué hacer para controlar mis impulsos.
Tengo que esforzarme, no puedo seguir así, me detesto cuando hablo en un tono ofensivo a mis hijos.
Ellos no tienen la culpa, solo yo soy responsable de mis acciones.
No me queda más remedio que ser consciente de cada una de mis reacciones ante ruidos, portazos y esas cosillas que suceden en la convivencia cuando no pongo todo de mi parte para reaccionar en silencio ante lo que me molesta.
Estoy segura de que que el silencio es más productivo que una mala contestación.
No debo ni puedo permitirme dejarme llevar por mis impulsos con un desplante a estas alturas de la vida, tengo que aprender a controlarme y eso solo se consigue con la práctica.
Mis hijos son una ayuda para dominare mis pasiones, sobre todo la ira que me mata.
Es el ego que me ataca.
Tengo que atarlo en corto.
No me queda más remedio porque me está matando.
Paso de encontrarme bien a que me duela la rodilla y a sentirme enferma.
En la rodilla está el orgullo.
















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