domingo, 14 de junio de 2020

CUATRO MIL CUARENTA Y DOS










A medida que me hago mayor y voy siendo más consciente de mis necesidades, me voy dando cuenta de que no me gusta estar con gente joven a no ser con algunas personas especiales que han madurado, que son índigo o han recibido una educación selecta o se han trabajado con terapias estilo nueva era, porque los que se han psicoanalizado tampoco hablan el idioma que me satisface.
Veo cómo se comportan mis hijos mayores y pienso en la no educación que les he dado, ahora es demasiado tarde para enmendar la plana.
Soy la única responsable.
Me educaron de una manera tan rígida que parecía un soldado de la guarda suiza pontificia, así la describió mi querido amigo Javi Acha que ya murió y tuve muy claro desde que decidí casarme que educaría a mis hijos de la manera contraria a la que lo habían hecho conmigo.
Así fue pero no del todo porque por lo menos Carlos Artiach, el padre, tenía más cabeza que yo y se ocupaba de los estudios y los deportes.
Yo solo quería que mis niños fueran felices.
Dado que yo, con gran esfuerzo por mi parte me he ido quitando esa rigidez marmórea que me habían incrustado tanto en mi cabeza como en mis huesos, mi papel era el de agradar, mantener la sonrisa ante lo que fuera, ser amable, educada, complaciente y decir que sí a todo lo que me pidieran excepto en asuntos relacionados con el sexo.
En ese terreno todo era pecado mortal hasta el matrimonio y no se hablaba más.
Alguna vez lo comenté con mi hermana María Victoria y ella también había tomado la misma decisión que yo.
Puedo estar contenta de que mis hijos hayan salido buenas personas y no hagan disparates que me harían sufrir, como tomar drogas o hacer parkour o andar en moto como mis hermanos, que tantos dolores de cabeza provocaba en mi madre.
Personalmente me encuentro cada día mejor aunque alterada, no puedo negarlo, estoy nerviosa.
De momento tengo hora con una terapeuta de la nueva era para hacer una terapia de reparación, a ver si me tranquilizo y acepto que ha llegado mi momento de disfrutar  de la vida con tranquilidad, sin miedo y sin alteraciones.











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