jueves, 10 de diciembre de 2020

CUATRO MIL CIENTO NOVENTA Y DOS

 




Increíble el impacto que puede producir una película en una persona despistada.

No sé como ha sucedido. 

A las cinco de la tarde, en vez de hacer el trabajo que acostumbro, he decidido romper mi rutina y ocupar mi tiempo en algo que no tuviera demasiada sustancia, así que he entrado en Internet y ha caído en mis manos Déjales hablar con Meryl Streep como protagonista y Candice Bergen, que había sido su amiga, ambas bastante viejitas, no tanto como yo pero casi.

Al principio no me ha interesado, me ha costado entrar, estaban haciendo un crucero y me ha recordado a algo que sucedió en mi vida hace mucho tiempo, cuando todavía estaba casada y esperaba mi tercer hijo.

A mi padre le gustaba que hiciéramos un viaje todos los años, nos invitaba a los hijos con sus parejas y aquel año, a pesar de que yo no estaba en condiciones de nada, acepté, sabía lo importante que era para él y no fui capaz de defraudarle.

Fuimos a Barcelona y allí embarcamos en el Caribia, craso error, a pesar de estar acostumbrada a navegar, nunca lo había hecho en esas condiciones y los mareos que tuve fueron imposibles, hasta tal punto que en Nápoles estuve a punto de coger un avión y volver a Bilbao, no lo hice y pasé el resto del crucero pasándolo mal, además de mi malestar físico, mi marido desaparecía y se iba a otras clases del barco, nosotros estábamos en la de lujo que era aburridísima, como casi todo lo que sucede en donde solo están los ricos y me disgustaba que mi familia viera el poco caso que me hacía.

La verdad es que prefiero no acordarme, para mí todo era espantoso y no quería que mi padre se diera cuenta, ya que él estaba feliz. 

Pasado este mal rato he podido concentrarme en Meryl Streep, una escritora de éxito, presionada por sus editores para que les hablara de su próxima novela, se dedicaba a mentir porque no sabía lo que iba a escribir, le faltaba la inspiración y carecía de recursos propios.

He recordado que cuando yo era pintora, los galeristas solo me trataban bien si mis cuadros se vendían y en el momento en que sacaba una serie nueva y diferente, que era lo que siempre hacía, se producía una tensión insoportable.

Lo entiendo, el mundo del arte es un asunto comercial como todos los demás y es lógico que los que se arriesgan, no quieran malgastar su tiempo y su esfuerzo en exponer a personas como yo, que van de la ceca a la meca, estrujaba los temas y pasaba de pintar las carpas de Ondarreta que se vendían como churros, a algo completamente distinto, tanto en el tema como en la técnica, como pasó cuando después del éxito obtenido con el Homenaje al Athletic, me rompí la pierna y al salir del hospital me dediqué a hacer Heridas con gasas y mercromina, nadie las quería, hasta yo me asusté cuando las vi colgadas.

Eso es lo que ha sucedido hoy por la tarde, en menos de dos horas he pasado de estar entretenida, tomándome la vida con calma, a recordar dos experiencias de mi vida que no me hicieron feliz.





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