lunes, 21 de mayo de 2018

DOS MIL DOSCIENTOS VEINTISIETE







Antes pensaba que me gustaría tener un perro o un gato, pero no podía ni soñar con la idea porque mis hijos mayores que son las personas con las que convivo, no estarían de acuerdo y les respeto.
No obstante, en la terracita pequeña y soleada, tengo plantas encantadoras a las que cuido y mimo.
Las considero mis mascotas.
Cuando salgo de mi cuarto por la mañana, lo primero que hago es ir a visitarlas y les saludo diciendo:

Hola niñas ¿qué tal estáis? 

Las miro, reviso la tierra y felicito a las que han dado flores y a las que están creciendo bien y a las demás les animo para que hagan bien su trabajo.
Me comunico con ellas y tengo la sensación de que me conocen y están deseando tenerme contenta.
Las que más alegría me proporcionan son las que han salido de unos esquejes que cogí en un caserío abandonado de Larrauri y aunque al principio les costó acostumbrarse a vivir en Getxo, ahora están maravillosas, fuertes y llenas de flores y capullos.

Lo bueno de las plantas es que no hay que sacarlas a pasear, no ensucian la casa y cuando se tiene una relación con ellas, se aprende a profundizar en las vibraciones.

Ahora tengo una nueva que me autoregalé el día de la madre.
He olvidado el nombre que era precioso, tendré que volver para preguntarlo.
Está grande, se enreda y las flores son rosas.
La compré en un invernadero escondido en la carretera de La Galea y tienen maravillas.
Tienen plantas fuertes y aconsejan bien.

A pesar de que cuando vivía en Malibu hice voluntariado como jardinera, el clima de Getxo es diferente y tengo que estar muy atenta porque cada planta requiere una atención específica.

Como decía Hegel: Con la existencia surge la particularidad.

Frase aplicable a todos los seres vivos, pienso yo.








Se puede aplicar a todos los seres vivos.