sábado, 18 de noviembre de 2017

MIL SESENTA Y TRES









Parece que hoy en día las mujeres estamos empezando a exigir cierto respeto por parte de los hombres, aunque todo va muy despacio.
Es como si tuviéramos que estar agradecidas de poder votar y de haber adquirido ciertos puestos de prestigio en la política y los negocios.
La verdad es que todavía estamos muy lejos de ser tratadas como seres humanos libres y dignos de respeto.

He sido la pequeña de una familia de cinco varones y dos chicas, de las cuales mi hermana era bastante mayor que yo y no tan rebelde, a pesar de ser más lista que todos mis hermanos juntos, a quienes ganaba en todos los juegos.

Yo, excepto para mi padre, que me adoraba, pasaba desapercibida.
A veces se reían de mi llamándome pizpireta porque era presumida.
No les hacía mucho caso.
Más que en ellos, me fijaba en sus amigos para ver si había alguno que me gustara.
Nunca cayó esa breva, a pesar de que conmigo eran encantadores.
Desde muy joven me di cuenta del poder de la mujer, a través de esos amigos aunque ninguno me interesó.

Al volver de los internados pronto me casé, por lo que no tuve ocasión de salir y entrar como lo hacían mis amigas.

Casada ya y con hijos, un día, Carlos, mi marido, que era muy sociable, apareció en casa con un amigo suyo del que hablaba maravillas, Juan Daniel Fullaondo, el arquitecto.
Mientras Carlos preparaba algo para tomar, Juan Daniel y yo nos quedamos en el salón, uno enfrente del otro, sin hablar.
Él me miraba fijamente y yo empecé a sentirme un poco incómoda.
Lo peor fue cuando soltó:

¡Magnífico ejemplar!

Me quedé de piedra.
No contesté nada.
Me sentí como una vaca expuesta para ser vendida.

Seguía mirándome.
Y llegó un momento en que a pesar de que en esa época yo era educada y más bien tímida, haciendo un esfuerzo, le dije:

No me ha gustado nada eso que me has dicho, parecía que estabas valorando a un animal.

Lo siento, perdóname, ni por un momento he pensado que podría molestarte, lo siento muchísimo.

Se deshizo en disculpas:

¿Quieres que me marche de tu casa?

No, en absoluto, solo quiero que te des cuenta de que no es agradable ser mirada como si fuera una bestia que está en venta.

Lo he entendido, perdóname por favor.

En ese momento llegó mi marido sonriendo y todo volvió a la normalidad.

Nunca se lo he contado a nadie, al expresarme, me tranquilicé.