miércoles, 20 de marzo de 2019

DOS MIL SETECIENTOS VEINTINUEVE








Tengo problemas con la elección de los libros que deseo leer.
Se trata de lo siguiente:
Antes de empezar las clases de escritura solo leía libros en el idioma original si estaban escritos en inglés, francés o español, que son los idiomas que manejo.
No me interesaban las traducciones.
La única traducción que me pareció realmente hermosa fue la realizada por Manuel Ortega y Gasset, hermano del famoso filósofo y ensayista José de la novela Tess d’Uberville, considerada la obra cumbre de Thomas Hardy, novelista y poeta inglés, publicada en 1891, 
Me encantó y me llamó la atención la magnífica traducción, 
Roman Polanski dirigió la película en la que la presencia de Natasha Kinski brillaba en lo que se consideró un ejercicio estético.

Al empezar las clases con Íñigo Larroque, comprobé con cierta sorpresa, que los libros de los que hablaba y recomendaba lo hacía con el nombre de su traductor preferido.

Me fui dando cuenta, poco a poco, de que rara vez me emocionaba el castellano que usaban los traductores y es lo que me sigue pasando, con la diferencia de que ahora que estoy inmersa en aprender mi idioma materno, he llegado a la conclusión de que prefiero leer literatura escrita en español y si por casualidad siento verdadera atracción por un libro escrito en otro idioma, como me pasa con el último de Michel Houellebecq, Seratonina, tendré que hacer una excepción. 
Incluso él añoraba tanto el francés cuando intentó vivir en Irlanda para que no le molestaran, que tuvo que volver a París para encontrarse en su elemento.