martes, 24 de abril de 2018

DOS MIL DOSCIENTOS UNO







Me encanta que se celebre el día del Libro, aunque me gustaría que lo hicieran una vez al mes por lo menos.
Me produce un placer extraordinario que en los medios de comunicación hablen de literatura y hagan entrevistas a personas interesantes, como ayer, por ejemplo, cuando Sergio Ramírez, el  ganador del premio Cervantes, escritor nicaragüense, habló sin pelos en la lengua, con una valentía emocionante, no solo de lo que sucede en su país sino de todos los horrores que son aplicables a lo que sufre la humanidad, a causa del despotismo de los mandatarios.

He leído su discurso, en el que sobre todo, sin dejar de lado a Cervantes a quien agradece el castellano, elogia a Rubén Darío, como revolucionario literario de la escritura nicaragüense.

Cuando vivía en Malibu, tenía un amigo originario de Nicaragua, aunque vivía en Los Ángeles desde pequeño y adoraba a Rubén.

Me hablaba de Rubén y recitaba sus versos de memoria.

Recuerdo el que más me impactó, pero he olvidado el título y por más que lo intento no consigo encontrarlo.
Se trataba de un canto a un clavo oxidado en un barco que, a pesar de los bandazos del agua y del esfuerzo que tenía que hacer para seguir siendo una pieza que cumple su tarea, que es fundamental para mantener el barco entero, lo consigue.

Me encantaba ese poema.
Me gusta dar importancia a lo que parece que no la tiene y sin embargo, es fundamental para que todo siga su curso.


Sergio Ramírez domina la palabra, hace bordados con ella y elogia a los que considera sus maestros, me gusta.