miércoles, 13 de noviembre de 2019

DOS MIL NOVECIENTOS SESENTA Y NUEVE










Empecé a escribir este diario el diez y nueve de julio del año dos mil diez y seis.
Había publicado la segunda novela y no me produjo la satisfacción deseada por lo que decidí escribir sobre mi propia vida y lo que iba aprendiendo en el camino.
Hoy, cuando he pensado en expresar algo sobre ese tema, al intentar encontrar la fecha del comienzo en el ordenador, me he entretenido leyendo algunos fragmentos de los textos publicados y me han sorprendido los cambios efectuados en mi persona y por consiguiente en mi manera de escribir.
Sabía que escribir es terapéutico, eso es más que evidente y además Iñigo Larroque, mi profesor me lo hizo notar al preguntarme por qué ya no contaba nada sobre la relación que tenía con mi madre, de la que antes tanto hablaba y al decirle que no tenía ganas, él me dijo:

¡Ah! Bien, ya te has desahogado.

Así es, pensé.
Hoy constato que esa es otra de las ventajas de ser diarista, que al expresar todo lo que tengo dentro convertido en palabras ordenadas, me libero de las emociones negativas que habían quedado registradas.
Si esto me sucedía con las menudencias que me pasaban antes, imagino que ahora que lo que me acontece son palabras mayores será muy beneficioso.
No lo pongo en duda, lo afirmo.













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