miércoles, 26 de julio de 2017

QUINIENTOS







Me he levantado de la cama con un dolor de rodilla que casi no me permite andar.
No sé si será por la humedad ambiental o por todo lo que bebimos Manolo y yo ayer en la cena.
Fuimos a Gloria como estaba previsto y nos dijeron que el menú del verano ya se había terminado, por lo que Manolo decidió invitarme a cenar opíparamente para celebrar que estábamos juntos.
Todo lo que tomábamos estaba excelente, percebes recién cogidos, almejas y un besugo extraordinario.
Los percebes tenían tanto sabor a mar, que Manolo decía que parecía que estábamos nadando.
Me afectó tanto el verdejo Marqués de Riscal, que tuvo que conducir Manolo.
Es el vino que más me gusta y tiene la ventaja de que como Gehry ha sido el arquitecto de la bodega de su nombre, vayas a donde vayas lo tienen, por lo menos en Europa y EEUU.
Me dejó en casa y él se fue a la suya en taxi.
Lo pasamos estupendamente, teníamos muchos temas para comentar.

Mi relación con Manolo es muy especial, así como también lo fue la que tenía con su padre, pero con Manolo me atrevo a ser más clara, porque con los hombres casados no me siento libre para decir lo que pienso, ellos tienen una vida privada íntima y personal, de la que yo no formo parte.
Las personas sueltas podemos permitirnos unos lujos no aptos para los emparejados.

Manolo es un hombre moderno, dulce, cariñoso, sensible y muy inteligente.
Tenemos mucho en común.
Resumiendo, que me siento a gusto con él.

En algunas cosas se le nota que es hombre, incluso más que a otros.
Por ejemplo, empezó la cena diciendo que iba a elegir él lo que yo iba a comer, a lo que me negué en rotundo.

Hablamos, negociamos y al final le convencí para que ambos tomáramos pescado, no se va a Zierbena para comer caviar y solomillo, que es lo que él planteaba.

Manolo tiene cuarenta años, es de la edad de mi hijo pequeño.
Todavía no ha superado la muerte de su padre, lucha y lo intenta, pero le cuesta, mi hermano Jose era todo para él y ahora se siente solo.

La verdad es que su padre era encantador y tampoco era el clásico hombre de aquella época, por lo menos yo no le veía así, le sentía más cercano.








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