martes, 7 de mayo de 2019

DOS MIL SETECIENTOS SESENTA Y CINCO








Desde que me enteré de que existía tuve ganas de conocerlo, pero me asustaba la idea de ir a un lugar tan ajeno a mi ruta habitual, sin saber si era fácil aparcar el coche, que suele ser el máximo inconveniente para moverme. 
Hoy me he levantado con ganas y por fin he ido a la cooperativa ecológica de Santuchu, barrio bilbaíno en el que habita tanta gente, más de treinta dos mil personas, que parece un pueblo ya que está provisto de todo lo necesario para que sus habitantes no necesiten acudir al centro de Bilbao.
Gracias al GPS he hecho un viajecito fácil y corto atravesando el túnel de Archanda.
Se llama Labore y a primera vista es como me imagino que sería un almacén de comida en Moscú en la época post estalinista, con la diferencia de que en Labore todo lo que se vende es ecológico, pertenece al comercio justo y se supone que los que compramos allí formamos parte de la empresa.
He llenado mi carrito con suficientes productos para una temporada, dejando de lado la verdura ya que ese asunto lo soluciono los sábados en el Arenal de Bilbao.
Todo lo que allí ofrecen es oro puro.
Todavía no he empezado a utilizar productos ecológicos para la limpieza de la casa, ni tampoco en cosméticos, pero todo se andará.
Lo peor podía haber sido tener que llevar todo la compra hasta el coche que estaba en un parking cercano pero me lo han facilitado ya que he vuelto en coche hasta Labore y me han sacado la pesada caja, que más tarde, mi hijo Jaime que me hace todos los favores que le pido sin poner mala cara, la ha subido a casa.
Estoy contenta.
Tengo que dejar que pase un tiempo para saber si voy a ser capaz de repetir la hazaña.









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