viernes, 8 de julio de 2016

41 Reflexiones









Al meterse en la cama, Berta no conseguía concentrarse en el último libro de Jaime Bayly, que había recomendado Sanchez Dragó en un programa de la dos.
A pesar de que le interesaba, le costaba dejar de pensar en el episodio de los mariscos, el vino blanco y la tentación en la que casi cae por culpa de Marcos.
Sabía que Marcos era pusilánime, pero a estas alturas de la vida, pensaba que tenía más claro el asunto del alcohol.
Berta no se daba cuenta de que ella no era una alcohólica por sí misma, sino que había bebido durante una temporada de su vida por acompañar a su pareja.
En el fondo nunca le había interesado el alcohol, porque entre otras cosas, le sentaba fatal.
Es muy diferente cuando una persona bebe porque le gusta y como en el caso de Marcos, es un refugio.
Cerró el libro y se concentró en aclarar las dudas que se le habían planteado.
Era un tema demasiado serio como para dejarlo para el día siguiente.

Marcos tiene encanto y estoy a gusto con él, pensaba, pero eso es todo.
En la buena hora nuestra relación se ha quedado en amistad, porque yo no quiero tener que tirar del carro de una persona débil.
Bastante esfuerzo tengo que hacer conmigo misma.
Se acabó lo de desojar la margarita.
Mañana hablaré con él, para que se sienta libre y no cuente conmigo demasiado.
El plan que me propuso me apetecía y estuve a punto de caer, pero me alegro de lo que pasó, porque me ha ayudado a ver las cosas con claridad.

Y así, habiendo puesto orden en sus pensamientos, se durmió.

Dedicó la mañana siguiente a preparar el texto para la siguiente clase y al mismo tiempo escribió algunas páginas de su autobiografía, que en el fondo era lo que de verdad le gustaba.
Sonó el teléfono.
Era Marcos.
Necesitaba hablar con ella y quería que comieran juntos.
Le pareció una buena idea, así tendría la ocasión de decirle lo que pensaba.
Cuanto antes mejor.
Dado que el día anterior habían cenado en el Aduritz, Marcos le propuso ir al Saigón, el restaurante oriental del hotel Maria Cristina, para comer algo ligero.
Buena idea.
Como no bebían, nunca tenían resaca.

Mi determinación es irrevocable, pensaba Berta, no me queda más remedio que poner distancia con Marcos, porque si seguimos estando juntos el día menos pensado recaemos y eso es lo peor que me puede pasar.

Marcos pasó a buscarla y en el momento en que Berta se metió en el coche y Marcos la besó para saludarla, su olor penetró en su ser y sus propósitos se desvanecieron.
Durante la comida, Marcos llevó la conversación y dijo que había estado pensando en lo que había pasado y llegado a la conclusión de que formaban un equipo que se fortalecía mutuamente.
Berta le escuchaba sin saber qué responder.
Tenía ganas de decirle lo que ella pensaba que era lo contrario, pero dudaba de tener razón.
Marcos estaba muy contento.
Él solo veía la parte positiva de haber sido capaces de resistir y trataba que que Berta lo viera de esa manera.

Yo no lo veo así.
Pienso que juntos podemos caer.
Ayer estuvimos a punto de hacer un disparate.

Pero no lo hicimos.
Ahí radica la fuerza.
Yo tuve el coraje de pedirte ayuda y entre los dos, resolvimos el asunto.
Podía haber sucedido al revés.

Berta quería creerle porque se daba cuenta de que estaba enamorada.
Imposible llevarle la contraria.
No se sentía capaz de decirle lo que pensaba.

Una vez más, por diferentes motivos, no fueron capaces de hablar claro y prefirieron dejar que la vida les llevara.
Ninguno de los dos se atrevía a hacer una elección responsable.

Más tarde, como de costumbre, acudieron a la terapia.
Una chica nueva, muy guapa, maquillada y con una expresión de tristeza se presentó.

Me llamo Casandra y tengo problemas con la comida.
Como todo el tiempo, de día y de noche y vomito.
Es lo único que me satisface, pero sé que estoy enfermando.
Ha hablado con algunos médicos y me han explicado que los ácidos que suben por el sistema digestivo para vomitar, son nocivos.
Si por casualidad me descuido y engordo un kilo, me vuelvo loca, me pongo furiosa y entonces vomito y vomito hasta expulsar bilis y más líquidos, que no sé lo que son.
No sé qué hacer conmigo misma.
Estoy desesperada.

Casandra se calló y los demás esperaron a que siguiera.
Ella se dio cuenta de que debía dar más explicaciones

Vivo sola.
Me casé y me separé.
Lo único que me apetecía era comer y vomitar.
Intentaba esconderme de mi marido, pero no lo conseguí.
Empezó a sospechar, porque me levantaba por la noche.
Un día vino a casa a media mañana y me vio en el cuarto de baño vomitando.
En el salón estaban los paquetes de patatas fritas y galletas.
Todavía no había recogido nada.
Me llevó al médico y le prometí que haría lo que me mandó.
Era mentira.
Seguí igual, hasta que se hartó y se marchó.
Le hice jurarme que no diría a mis padres lo que me pasaba.
Ahora sigo viviendo en el apartamento que teníamos y me mantienen mis padres.
No sé qué hacer.

Le dieron las gracias por haber compartido con ellos su problema.
No era el primer caso de comedora compulsiva.

En TPA todo tiene arreglo.

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