sábado, 11 de junio de 2016

32 Cenando frente al mar








Con gran ilusión, Berta preparó una cena que podía gustarle a Marcos.
Hacía tiempo que no sentía tanto amor al cocinar.
Casi nunca lo hacía, porque tenía una chica nicaragüense que iba a su casa dos días a la semana cundo estaba sola y cinco cuando estaban sus hijos.
No solo hacía todo lo de la casa, sino que dejaba la comida preparada.
Justo ese día Berta estaba sola, así que dejó un aperitivo preparado consistente en foie, jamón Joselito y chorizo Cular.
Y por la mañana, Berta hizo un bonito con tomate.
Para que la salsa de tomate estuviera perfecta, dejó que la cebolla pochara casi dos horas, sabía que en eso consistía el secreto.
Como el vino estaba prohibido compó una zumo de manzana ecológico y lo metió en la nevera.
Para el foie, puso un pan especial de pasas y nueces y para lo demás una barra de pan de pueblo con levadura madre.
De postre, unos quesos franceses y una Panchineta de Otaegui, que tiene fama de ser la mejor pastelería de San Sebastián.
Ambos sabían que comer sin vino no es lo mismo, pero se lo habían ganado a pulso.
Si no se hubieran abusado del alcohol, podrían permitirse el lujo de tomar vino de vez en cuando, moderadamente como hace la gente normal, pero ellos ya estaban marcados por sus propios excesos.
Berta dejó todo preparado antes de salir.
Dio el visto bueno y se fue a la terapia.
Al salir se le acercó Natalia y Berta le dijo que tenía que marcharse, que había quedado con Marcos.
Natalia se quedó perpleja, ni por un momento se le había pasado por la imaginación que Berta la iba a dejar plantada.
Berta era consciente de que no dejaba plantada a nadie, se limitaba a hacer su vida, pero la gente que la conocía, sabía que siempre había sido muy educada y complaciente con los demás, pero eso había pasado a la historia.
Hoy en día, Berta era una mujer segura de si misma y de su propia vida.
Seguía siendo amable pero sus prioridades habían cambiado.

Era la primera vez que invitaba a Marcos a su casa.
Berta vivía en un maravilloso ático de la calle Zubieta, que daba directamente a la playa de la Concha, cerca del hotel Londres.
Mientras estaba casada con Javier, a Berta no le quedó más remedio que decorar la casa en plan conservador con muebles ingleses que le regalaron sus suegros, pero en cuanto se separó le dijo a Javier que se llevara todo eso y ella, haciendo uso de sus conocimientos de arquitectura, cambió el concepto y diseñó una casa, para que pudieran vivir cómodos e independientes las cinco personas que la iban a habitar.
Tiró paredes y revolucionó la estructura de la casa, haciendo tres apartamentos:
Uno para las chicas que constaba de dos cuartos y un cuarto de baño.
Otro igual para los chicos y otro para ella.
Podían utilizar los cuartos como dormitorios independientes o tener un dormitorio y un estudio, ambos compartidos.
Gran salón, comedor y cocina.
La casa tenia una terraza espléndida, pero prefirió cerrarla porque daba el viento y nunca podían usarla.
Hacían la vida en la terraza que era inmensa y tenía una vista extraordinaria, tanto en verano como en invierno, de noche y de día.

A Marcos le impresionó la casa, no solo por la ubicación sino también por la sensación de vació.
Carecía de elementos superfluos.
Todos los muebles eran, o por lo menos parecían, de Ikea.
Y salvo un cuadro muy grande de Vicente Ameztoy en la entrada, las paredes estaban vacías.
Marcos no era arquitecto, pero tenía un gusto exquisito y le sorprendió que Berta tuviera una casa tan minimalista, sin alfombras ni cuadros, ni siquiera libros.
Le preguntó por los libros y Berta le enseñó su estudio, que estaba al lado de su dormitorio y tenía todas las paredes cubierta de baldas llenas de libros.
Aún así, le dijo que a pesar de que le gustaban los libros en papel, le resultaba cómodo el Kindle, no solo para llevarlo en el bolso y leerlo en cualquier sitio, sino para pedir los libros que le apetecieran y recibirlos en el momento.
A Marcos le costó entenderlo porque era un enamorado del papel, pero respetó lo que Berta le dijo.
El estudio de Berta era diferente al resto de la casa.
Libros ordenados por autores, ocupando todas las paredes y una escalera para acceder a las baldas de arriba.
Un iMac de 27 pulgadas sobre una mesa impoluta, con un escáner, una impresora y una plastificadora.
Lo que más le impresionó a Marcos, es que todo estuviera perfectamente ordenado.
La sensación de modernidad que daba la casa no correspondía, con la manera de vestir de Berta.
Ya sentados en la mesa de la terraza tomando el aperitivo, Marcos se lo comentó y Berta le respondió que ella se vestía de esa manera para no llamar la atención.
Cuando viajaba, su estilo era zen, muy muy sencillo, casi como una monja.
Quería ser discreta en San Sebastián, no le interesaba llamar la atención.

Realmente, Marcos corroboró lo que ya había pensado en otras ocasiones:

Que Berta era una caja de sorpresas.

La cena se desarrolló en silencio.
Todo estaba exquisito.
No hablaban, se limitaban a disfrutar de la mutua compañía.
La tranquilidad de la noche les dejó mudos.
Ambos sintieron algo especial.
Ya no era solo Berta la que notaba que la relación entre ellos era diferente.
Como si la emoción se hubiera materializado.
Al terminar de cenar tomaron una infusión y Marcos dijo que tenía que marcharse, ya que al día siguiente se levantaba temprano.
Cuando ya estaba a punto de abrir la puerta, se volvió hacia Berta y le dijo que le gustaría que conociera a sus padres.
Les había hablado de ella y tenían interés en conocerla.
Berta se quedó desconcertada pero aceptó.

¿Qué te parece si vienes a comer mañana?
Cuanto antes mejor porque yo ya estoy a punto de trasladarme a mi casa y luego será más difícil.

Bien.
¿Cómo quedamos?

Podemos vernos en el bar del hotel Londres y vamos andando.
Te espero allí a las dos.

Allí estaré, hasta mañana.

Se dieron dos besos como de costumbre.

Berta se metió en la cama, alterada.
No tenía claros sus sentimientos pero estaba segura de que algo había cambiado en su relación con Marcos.
Durmió con sobresaltos y al despertarse, recordó la noche anterior y pensó que era mejor no hacer caso a sus fantasías, no quería equivocarse una vez más.
Iría a casa de los padres de Marcos como una buena amiga de su hijo, que es lo que era y no se complicaría la vida.
Lo tenía muy claro.
Tan claro, como que no tomaría alcohol ni drogas nunca más en su vida.

Por lo menos las siguientes veinticuatro horas.

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