miércoles, 8 de junio de 2016

30 Hay que ser valiente (en lenguaje machista se diría “tener cojones”)







Admiraba en Pániker su capacidad para escribir su autobiografía.
La valentía y el descaro que mostraba, le resultaban sorprendentes.
Tanto si hablaba de si mismo, como de su familia, de vivos o de muertos, no parecía censurar su pensamiento.
A Berta le hacía pensar en lo que ella escribiría.
Desde luego, no era ese estilo de autobiografía la que tenía in mente.
Sin embargo, reconocía que lo más divertido, era lo que pensaba de la gente.
Algunas cosas no eran indiscretas y no por eso dejaban de ser interesantes, como cuando contó que Cela releía a Quevedo constantemente.
Berta consideraba que cuando recuerda el libro que está leyendo y le entran las ganas de que llegue el momento de sumergirse en él, es suficiente para saber que le gusta, prescindiendo de cómo esté considerado.
Y con el diario de Pániker, le pasaba eso.
Berta había entrado en el mundo de la literatura en un momento crucial de su vida, ya que de pronto, sin advertirlo ni desearlo ni buscarlo, había eliminado esa necesidad compulsiva de tener un compañero.
No solo no echaba en falta la compañía de un hombre, sino tampoco, pongamos por caso, la de hacer vida social.
Su vida la llenaba de satisfacción.
Tenía exactamente lo que necesitaba para ser feliz.
Posiblemente estaba viviendo la mejor época de su vida.
La TPA, la escritura, la lectura y un café con Marcos, llenaban su vida.
No necesitaba nada más.
Había conseguido llegar a una serenidad que es la que anheló cuando se casó y encontró todo lo contrario.
A partir de unir su vida a Javier Iradier, entró en una caída en picado y aunque durante algunas temporadas había estado tranquila, el caos había sido una constante en su existencia.

La llamada de Lola Zuloaga le produjo cierto desasosiego que quiso esclarecer, por lo que cuando estaba tomando café con Marcos, haciendo un gran esfuerzo, porque sabía que entraba en un terreno pantanoso, tuvo el coraje de sacar el tema que la inquietaba:

Marcos, quiero preguntarte algo que es posible que te resulte incómodo, pero a mi me gustaría aclararlo.

¿De qué se trata?

A Berta le costaba decirlo, pero consideraba importante clarificar la situación.

Hace unos días me llamó Lola Zuloaga.
Quería quedar conmigo, pero le dije que no podía.
La verdad es que no me apetecía estar con ella.
No me inspira confianza.

Marcos se quedó pensativo antes de contestar.

Insisto, dijo Berta, me imaginaba que no quisieras hablar de ella, pero creo que es mejor no guardar las cosas.

Si, si quiero hablar de ese tema.
Quiero explicarlo con cabeza, porque fue tan desagradable lo que viví con ella, que no es cuestión de mezclar las cosas.

Calló otra vez.
Berta esperaba en silencio.

No sé cómo lo hizo, pero consiguió localizarme y me dejé engatusar.
Supongo que en aquel momento yo estaba débil y me dejé llevar.
Seguía pensando de ella lo mismo que te dije cuando la conocí, que era una impostora.
Era encantadora, me proponía unos planes estupendos, justo lo que me convenía en aquel momento, íbamos al campo, paseábamos, comíamos caseríos, recorríamos los pueblos de Guipuzcoa y a las siete en punto, me dejaba en la TPA.

Berta le escuchaba con atención esperando el desenlace de esa relación aparentemente normal.

Poco a poco me fui acostumbrando a ella y llegó un momento en que realmente pensé que estaba enamorado.
El día que nos encontraste tomando el aperitivo en el Barandiarán, me sentí incómodo.
Me di cuenta de que no había jugado limpio contigo.
Te noté que estabas dolida y no supe como arreglar el entuerto.
Hablé de ti con Lola y de lo incómodo que me había sentido y se puso furiosa.
Nunca le había visto enfadada.
Fue tremendo.
Dijo disparates de ti y no me quedó más remedio que sacarte la cara.
Confundió todo.
Yo le había contado que tanto tu como yo veníamos a la terapia y fue una metedura de pata, porque tergiversó las cosas y empezó a decir disparates, que no quiero recordar.
Lola se puso violenta, incluso me pegó.
Perdió el control.
Se comportaba como una loca.

A Berta no le extrañó demasiado, había intuido algo en Lola que le daba miedo.

Cuando pasó aquello, comprendí que todo lo que me había contado sobre su matrimonio con el abogado catalán y lo mal que había terminado, que me había parecido muy confuso, no era claro.
Lola estaba loca, loca.
Conseguí marcharme a pesar de que ella me retenía.

A partir de ese día empezó a llamarme constantemente y tuve que cambiar de teléfono.

Comprenderás que después de esta metedura de pata, me encontré muy solo.

Berta no tenía nada que decir.

Le preguntó a ver cuando empezaba el trabajo y Marcos le dijo que ya había empezado a ir a la oficina, que estaba ordenando el archivo.
Era un trabajo muy bonito.

Marcos le preguntó por sus escritos y Berta le habló de sus dudas sobre cómo escribir la autobiografía.
Marcos había leído los diarios de Pániker y tenían tanto tema de conversación, que se fueron a cenar al super moderno y cinematográfico Morgan que, aparte de tener una comida excelente estaba dedicado al arte y la cultura.
Allí hablaron largo y tendido de todos los temas que tenían pendientes desde hacía mucho tiempo.
Fue una velada apoteósica en la que rompieron las barreras que todavía les quedaban y se sintieron como cuando eran amigos de verdad, confiando plenamente el uno en el otro.

Te había perdido a ti que eras mi amiga y ya no tenía nada ni nadie.
Por lo menos, me dije a mi mismo, que por nada del mundo podía dejar de ir a la reunión y eso fue lo que me salvó.

A Berta no le extrañó esa historia, pero tampoco sabía que decir.
Había sido obvio desde el principio, que esa mujer no era trigo limpio.
Nada de lo que le contó Marcos le extrañó.
Tenía la sensación de que habían quedado cosas en el tintero, pero prefirió no indagar.

Sabía lo suficiente para ponerle el veto.

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