martes, 7 de junio de 2016

29 Un sueño revelador








A pesar de que Berta estaba contenta y segura de que estaba haciendo un buen trabajo para reorganizar su vida, a veces recordaba episodios que habían dejado cicatrices en su corazón. Leyendo a Castaneda, el aprendiz de brujo, aprendió que la respiración consciente es una buena manera de borrar esas heridas.
La practicaba a menudo y le ayudaba.
No ponía en duda el amor de su madre, que había tenido una vida muy dura empezando por haberse quedado huérfana muy joven.
Berta perdonaba, pero le costaba olvidar.

Al terminar una cura de desintoxicación en un frenopático de Navarra, donde había ingresado voluntariamente, su madre fue a buscarla y estuvo muy cariñosa, lo cual no era habitual en aquella época, pero Berta supuso que viéndola tan recuperada, estaría contenta.
De vuelta a casa, era evidente que Berta había recompuesto su vida.
No solo se notaba en su aspecto sino en todos los órdenes de la vida.
Hasta tal punto parecía que todo estaba en su sitio, que Berta empezó a ir a casa de sus padres de vez en cuando, algo que había dejado de hacer hacía tiempo.
En una de esas visitas en las que solo estaba su madre, discutieron y su madre se mostró muy desagradable, llegándole a decir improperios que Berta no se merecía, por lo que se puso tan nerviosa, que al salir de la casa, Berta decidió comprar heroína para tranquilizarse.
Su madre tenía la facultad de salarla de quicio.
Encontró a una yonqui que conocía y le preguntó donde podía encontrar lo que buscaba.
Le contestó que lo que había era muy malo y que se iba a poner de mal humor si se dejaba tomar el pelo.
A pesar de la advertencia, siguió buscando y no solo no encontró a ningún camello, sino que los yonquis con los que hablaba, le decían lo mismo que la primera.
No le quedó más remedio que irse a su casa, compuesta y sin novio.
Se despertó alterada y recordó el sueño que había tenido.

Era como una continuación de lo que le había pasado por la tarde, solo que en vez de irse a casa sin nada, en el sueño sí había encontrado heroína y cuando había empezado a pincharse, vio a su madre sentada enfrente de ella, sacó la jeringa de su brazo izquierdo con un gesto brusco y rápido, la lanzó al techo y pensó:

Estoy matándome a mi misma en vez de matar a esa mujer que es la culpable de mis desgracias.

Le impresionó tanto, que se levantó y casi sin arreglarse se presentó en casa de su madre y se lo contó.
Su madre la escuchaba sin decir nada y así siguió, hasta que Berta se marchó.
Nunca en la vida le comentó ese sueño y eso que era una persona muy inteligente, a la que le gustaba sacar conclusiones.

El problema de la madre de Berta es que no sabía cómo afrontar el comportamiento de su hija.
La desconcertaba.
Quería a su hija, pero también quería tener tranquilidad en su vida.
Berta estaba desorientada y tal vez con más comprensión y cariño, habría tenido una vida más comedida.

Berta había sido una buena chica, se casó con mucho entusiasmo, dispuesta a ser una buena esposa y madre, pero muy pronto su marido dejó de interesarse por ella y al verse cargada de hijos y desilusionada, tomó la decisión de separarse y se entregó a su nueva libertad, con las ganas de divertirse de una adolescente.

Sobre todo, era estando delante del ordenador, preparando el texto para la clase de escritura, cuando le venían los recuerdos.
En esas andaba, cuando sonó su celular.

Lo cogió sin mirar quien llamaba y oyó una voz cantarina que decía:

Hola Berta, soy Lola Zuloaga.

Hola Lola, contestó con voz neutra.

Le había quedado un recuerdo extraño de esa mujer.

¿Qué tal estás?

Bien, gracias.

A pesar del tono casi hostil de Berta, Lola insistió.

Te llamo para ver si te apetece tomar un café.

Muchas gracias pero estoy ocupada, tengo una clase a las siete.

Deseaba que terminara la conversación, pero Lola no estaba dispuesta a soltar a su presa.

¿De qué tienes clase?

Tengo clase de escritura.
Y me vas a perdonar pero te voy a dejar, porque estoy escribiendo un texto y no quiero distraerme.
Un abrazo

Y colgó.

No era su estilo ser cortante ni mal educada, pero había aprendido, no sin esfuerzo, que hay que saber decir no para defenderse.
Le costaba hacerlo mas era la única manera de respetarse a si misma.
Le habían educado para agradar y ella, tras las estrepitosas calamidades en las que había tropezado por haber sido “agradable”, había conseguido ser capaz de decir no, con un ahínco fuera de lo común.
No siempre que era necesario lo hacía, dependía de varios factores, pero en el caso de Lola Zuloaga no le resultó difícil, ya que a pesar de que Marcos no le había contado nada de su relación con ella, Berta no respetaba a Lola.
Había algo en ella que no le gustaba, no le inspiraba confianza.

Berta consideraba que en su caso, ser capaz de decir que no, significaba un avance en su crecimiento.

Y con ésta sensación y un breve texto que escribió sin esfuerzo sobre la importancia de saber decir que no, se presentó en la clase.
Llegó la primera y tras explicar unos extractos de una oba póstuma de Pío Baroja, la profesora le invitó a leer su texto.
La escucharon con interés.
En mayor o menor medida, todos necesitamos protegernos.
Incluso para las personas más descaradas, existen situaciones en las que es difícil negarse.

En general gustó a la gente, sin embargo la profesora le indicó que quizás fuese prematuro meterse en el pantanoso terreno psicológico.
Aunque había empezado a escribir algo sobre su propia autobiografía, todavía no se había atrevido a leerlo en la clase y ni siquiera había dicho cual era su intención.

Prefería ir poco a poco y plantearlo cuando se sintiera realmente segura.

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