lunes, 6 de junio de 2016

28 No es fácil perdonar








Berta había sido demasiado buena.
O tal vez ingenua.
Ella reconocía que había cometido disparates imperdonables por falta de carácter, o por no enfrentarse, pero de todo había aprendido.
Al tener la cabeza despejada, le venían recuerdos imborrables de las dos personas que más daño le habían hecho, aparte del que se había hecho ella misma:

Su madre y su marido.
Hasta que se casó, había vivido confiada.
Se sentía querida y daba por hecho que sus padres le querían sin condiciones.
No obstante, estando casada con Javier Iradier, tuvo la desgracia de conocer el desamor.
Eso no fue lo peor.
Ella seguía pensando que podía confiar en sus padres, pero al ver la reacción de su madre cuando se separó, sintió un desconcierto que le impedía ver las cosas con claridad.
Bien es verdad que Begoña Vildósola era mejicana y por consecuencia había sido educada en una cultura distinta, lo cual, a los ojos de Berta, no era impedimento para ver con claridad que Javier no se portaba bien y que una separación era lo mejor para que dejara de sufrir constantes humillaciones.
Sin embargo, Begoña demostró que le preocupaba más el “qué dirán”, que el bienestar y la felicidad de su hija.
Fue a partir de ese momento cuando empezó la frialdad, justo cuando Berta necesitaba todo el apoyo de sus padres.
Para Berta fue un golpe terrible verse tan joven, sola y con cuatro hijos a su cargo, sabiendo que no podía contar con su madre.
Su padre en ese caso era un cero a la izquierda, no quería discutir con su esposa.
Berta contaba con el dinero que le pasaba Javier y eso hacía las cosas más fáciles, sin embargo la pena y la soledad habían acampado en su alma y Berta se convirtió en una presa fácil para cualquiera que le ofreciera un poco de amor.
Así empezó su decadencia.
En su madre solo encontraba malas caras, desaires, enfados, faltas de respeto y de afecto.
Y todo eso la iba minando poco a poco.

Ahora, en la distancia, Berta iba desenrollando el hilo de su vida y a pesar de ser consciente de que solo ella era responsable, no había contado con la ayuda de sus seres queridos, excepto con la de sus hijos, que siempre habían demostrado una madurez extraordinaria.
No se regodeaba en los recuerdos para quemarse, sino todo lo contrario.
Ordenaba sus ideas para escribir su autobiografía y al distanciarse, hacer una especie de purificación que le sirviera para realmente perdonar a su madre y a Javier y lograr así, vivir sin rencor.

Casi se había olvidado de que era una arquitecta.
Se había convertido en una lectora y escritora y en ello ocupaba sus tardes, hasta que llegaba la hora de la terapia.
Se ponía delante del ordenador y le costaba escribir, porque los recuerdos se amontonaban.
Intentaba ponerlos en orden.

A la profesora de escritura no parecía hacerle mucha gracia que hablara de sus intimidades con tanta crudeza, pero Berta estaba decidida a exorcizar sus demonios.
En la clase había algunas personas que consideraban que no se debe escribir sobre los asuntos privados.
Es posible que tuvieran razón, pero para Berta era la manera más radical de curar sus heridas.

Entre la TPA y la clase de escritura, la historia de su vida se estaba convirtiendo en la protagonista de su existencia.
Casi no tenía tiempo para hacer caso a sus emociones.

Debido a la notable mejoría que había experimentado desde que empezó a acudir a la TPA, quiso expresar lo que sentía, así que en cuanto empezó el grupo, habló:

Me llamo Berta y soy adicta.
Ya hace tiempo que vengo a la terapia y es tanto el cambio que se ha operado en mi, que quiero compartirlo con vosotros.
No solo he dejado el alcohol, que es lo que me trajo aquí, sino que he adquirido una seguridad en mi misma, que me hace sentirme fuerte y poderosa.
Me produce gran satisfacción haber llegado a un punto de mi vida en que no tengo nada que ocultar y puedo reconocer que estoy contenta.
Todo ha sido gracias a vosotros, que habéis estado aquí para ayudarme.
Muchas gracias.

Las caras de todos expresaban satisfacción.
Cada vez que alguien hablaba de manera positiva se elevaba el nivel del grupo.

Había una chica muy delgada que nunca hablaba, ni siquiera decía su nombre.
A veces algún antiguo hablaba con ella en privado, pero nadie sabía lo que le pasaba.
Aquel día, posiblemente animada por la alegría de Berta, se atrevió a hablar:

Qui qui, quisiera hablar.

Le siguió un silencio respetuoso y la chica delgada, titubeando, con la voz muy débil, hizo un intento de emitir un sonido pero empezó a llorar y no pudo.
Salió y la persona que solía hablar con ella en privado, le acompañó.

Al cabo de un rato volvieron las dos.
La chica delgada estaba más serena e hizo ademán de hablar otra vez.
Esta vez consiguió balbucear unas palabras ininteligibles:

Me llamo Casandra y soy anoréxica.
El médico quería ingresarme pero me negué.
Me pusieron la condición de venir aquí.
Lo acepté.
Estoy mejor.
Gracias.

Todos se quedaron de piedra.
No sabían si ese era el sitio correcto para un problema de anorexia, pero nadie se atrevía a decir nada.
Si ella decía que estaba mejor, tratarían de ayudarla.
Por un lado, es triste ver tanta gente que sufre, pero al mismo tiempo es bonito saber que están en el camino correcto para salir de los infiernos.

Marcos se acercó a Berta al salir y tomaron un café en el bar de costumbre.
Estaban callados, tal vez demasiado impresionados por lo que había pasado en el grupo.
Cuando uno nuevo hablaba, solía conmover a todos en mayor o menor medida.
Es un ámbito tan diferente el que se vive en ese cuarto, donde todos dicen lo que sienten en contraposición al ambiente de la calle, incluso al de de las familias, donde la hipocresía campa por sus respetos.
Solo el hecho de decir la verdad ya es sanador.
Tanto para la persona que la dice, como para la que escucha.







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