domingo, 5 de junio de 2016

27 Arzac









Al salir de la terapia Marcos y Berta se encontraron con la misma naturalidad, que cuando todavía nada había alterado su amistad.
A veces no es necesario dar explicaciones.
Se puede perdonar, incluso olvidar.
No con todo el mundo, pero sí con ciertas personas con quienes se ha llegado a tener un entendimiento profundo.
Berta lo sabía por experiencia propia.
Para preservar su paz interior, no le había quedado más remedio que perdonar a varias personas cercanas y recordaba con lucidez, todo el daño que le habían hecho, tal vez sin pretenderlo.
Pero no quería pensar en eso.
Había aprendido a disfrutar de la vida y no quería dar vueltas al pasado.
A veces se olvidaba de verdad.
Sabía que lo único que tiene valor, es el presente.

La cena en Arzac no solo fue apoteósica porque todo era exquisito y Marcos tenía un don para hacer que todo resultase versallesco, sino porque recobraron e incluso enriquecieron, la maravillosa intimidad que ambos recordaban con auténtica nostalgia, mal escondida.
La elegancia natural de Marcos hacía que, tanto si se encontraba en Arzac, como en una taberna de la Parte Vieja de San Sebastián, solo o acompañado, su presencia embellecía cualquier escenario.

Marcos poseía el don de sacar lo más recóndito de las personas y Berta no era una excepción.
A menudo le había ayudado a ver lo mejor de sí misma y también le había hecho recapacitar sobre episodios de su vida, que tal vez debiera tener en cuenta para que no se repitieran.
Durante la cena, conversaron sobre los pasos de gigante que había dado ella y tocaron el tema de la relación con su madre que no mejoraba, por más que Berta se esforzara.
No es que hiciera las cosas por agradar a su madre, pero sí le hubiera gustado que valorara su empeño en cambiar de vida.
Berta pensaba que desde que se separó de Javier Iradier, su madre decidió ponerle el veto a ella y a todo lo que hiciera.
Imposible contentarla.
A veces hablaban por teléfono.
Todo lo que Berta le contaba con entusiasmo, le parecía poco acertado.
Consideraba extravagante que a estas alturas de la vida se pusiera a escribir.
Le parecía absurdo que siguiera yendo a la TPA, cuando era evidente que había superado los problemas con el alcohol.
Y así sucesivamente, con todo lo que le contaba.
Sobre sus hijos no podía decir nada, porque eran estupendos.
La relación con su padre era más cariñosa, pero él no era capaz de enfrentarse a su mujer aunque consideraba fuera de lugar que siguiera mostrando seriedad y descontento con Berta, a pesar de que hacía todo lo que podía para enderezar su vida, y no solo lo intentaba, sino que realmente lo conseguía.

Marcos la escuchaba con atención y trataba de ayudarla para que no le afectara demasiado.
Su caso era distinto.
Sus padres no eran despiadados con él.
Estaban contentos al ver que su hijo había superado la depresión.

Hablando de asuntos familiares y comentando las extravagancias de algunos platos, no por ello desdeñables, terminaron la velada.
A llegar a casa, Berta se dio cuenta de que había olvidado preguntarle por sus planes de futuro y le llamó por teléfono.

Marcos, perdona que te moleste

No pasa nada, acabo de llegar a casa.

Era tarde y Berta sabía que a Marcos no le gusta que le llamen a esas horas, pero su curiosidad pudo más.

Quería preguntarte si has tomado alguna decisión respecto a lo de independizarte, ahora que tienes trabajo.

Si, tenía ganas de comentarte que casi estoy decidido a alquilar un estudio que he visto en lo viejo.
Mañana tengo que ver un pisito nuevo en Gros y entonces veré qué es lo que más me conviene.

Berta notó que Marcos no tenía ganas de hablar y se despidió.

Bueno Marcos, te dejo, muchas gracias por la cena, ha sido un plan estupendo.

Ambos andaban con pies de plomo.
Se habían echado de menos mutuamente durante los meses del enfado y ahora se trataban con extrema delicadeza.
No habían tocado el tema de Lola Zuloaga y de una manera tenue, se interponía entre ellos, no obstante, todavía era demasiado pronto como para sacarlo a la palestra.
Berta se metió en la cama con ganas de recrearse en lo agradable que había resultado estar con Marcos, pero prefirió seguir con el libro de Pániker, porque no quería engancharse a Marcos otra vez.
No quería depender de nada ni de nadie.
Sabía que los pensamientos y los sentimientos se pueden alimentar y lo contrario.
Berta eligió lo contrario.
Además, con Pániker aprendía.
No entendía todo lo que decía, ni conocía a todos los autores que citaba pero en conjunto, le gustaba.
Le gustó por ejemplo, saber que antes de Cervantes había cinco estaciones:
Primavera, verano, estío, otoño e invierno.

Y así, entre sentencias filosóficas y actos sociales, Berta se entretenía con algo más fructífero que pensar en lo que no le convenía.

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