viernes, 3 de junio de 2016

25 Recuerdo doloroso








Berta estaba tranquila.
Ya casi había olvidado la serenidad.
Desde que se casó no había parado.
Por primera vez desde hacía mucho tiempo, se ensimismaba evocando momentos de su vida, que había sido una vorágine.
Aceptaba todo lo que había vivido, porque a pesar de la cantidad de los excesos cometidos, del tiempo perdido, de las concesiones y las equivocaciones, se sentía agradecida.
Era consciente de todo lo que tenía.
Estaba viva.
Había caído en múltiples ocasiones y siempre se había levantado.
Sin embargo, nunca hasta ahora había sentido su propio poder.
Un poder que le daba seguridad en si misma y le hacía saber que siempre lo tendría.
Era esa fuerza de voluntad que había conseguido haciendo pequeños esfuerzos cada día, dando pasos con los que había logrado salvarse.

Ese día quiso hablar en la reunión y lo hizo:

Me llamo Berta y soy adicta.
Hace tiempo que vengo y me siento agradecida a todos vosotros.
Cuando llegué aquí sin ganas, más bien obligada por las circunstancias, gracias a vuestra paciencia y a vuestra ayuda, he sido capaz de seguir viniendo.

He cambiado, he madurado y estoy contenta.
Me gustaría ser capaz de expresar lo que siento hacia vosotros, sois mis amigos, mi familia, nunca me habéis fallado.
También quiero decir a los que lleváis poco tiempo y podáis tener dudas, que esta terapia funciona, os animo a que sigáis, merece la pena el esfuerzo.

Muchas gracias.

La pequeña charla de Berta provocó que algunas personas que llevaban mucho tiempo sin hablar, quisieran manifestar lo que sentían.
Raquel era una de ella.

Me llamo Raquel y soy masoquista.
Solo hablé una vez el primer día que vine y no he sido capaz de volver a hablar hasta ahora, porque los primeros meses recaí bastantes veces y no me atrevía a decirlo.

Se calló y bajó la cabeza avergonzada.

Lo siento.
Siento no haber confiado en vosotros.
Pensaba que no me aceptaríais.
Os pido perdón.

Otra vez se calló y empezó a llorar.
Al cabo de un largo rato, se calmó y siguió hablando casi tartamudeando.

Sabía que venir al grupo me ayudaría a curarme y por eso seguía viniendo aunque tuviera relaciones tóxicas.
Siempre conseguía encontrar a alguien que se prestara a mis juegos sadomasoquistas.
Intentaba controlar mis impulsos, pero no lo conseguía.
Lo pasaba mal.

Mientras Raquel hablaba, los demás callaban y no manifestaban lo que sentían, aunque les disgustaba que no hubiera confiado en ellos, sobretodo a su hermana mayor.
Raquel prometió al grupo que no volvería a callarse si volvía a caer en su adicción.

Su hermana mayor que era una chica alcohólica, que llevaba años yendo a la terapia, quiso hablar:

Me llamo Sara y soy alcohólica.
Soy la hermana mayor de Raquel y estoy defraudada.
Desde que soy su hermana, siempre he estado dispuesta a ayudarle.
Ella nunca me ha llamado.
Yo pensaba que no me necesitaba.
Ha sido un duro golpe saber que no ha contado conmigo y que nos ha mentido a todos.
No me gusta lo que ha pasado hoy.
Espero de verdad que no se vuelva a repetir.

El silencio era denso.
Raquel estaba avergonzada, pero al mismo tiempo se sentía ligera, porque vivir con esa carga tan pesada, era duro.
Estaba satisfecha de haber compartido su culpa, a pesar de que comprendía que para Sara había sido un golpe bajo.

Lo que pasó ese día afectó a todos.
Les hizo recapacitar y ser conscientes de la importancia de respetar las reglas.
Asistir a un terapia de grupo exige un compromiso, con uno mismo y con el grupo.
Aunque al principio casi todos están medio atontados y no se dan cuenta de lo que implica, poco a poco la terapia va limpiando las cabezas de la gente y va forjando los caracteres.

Ese día Berta salió conmocionada.
Nadie había prestado suficiente atención a Raquel.
Por lo menos, eso es lo que Berta pensó.

Llegó a casa si ganas de cenar y se fue a la cama, quería recapacitar.
Se había metido en tantos berenjenales a lo largo de su vida, que se había hecho fuerte sin proponérselo.
Cuando estuvo en PH se hizo muy amiga de un chico de su edad, que era médico.
De extrema sensibilidad, cargaba con el peso de la culpa por haber iniciado en la toxicomanía a varios de sus amigos.
Berta le comprendía y trataba de ayudarle a limpiar sus pensamientos.
Tal vez si no hubieran estado en PH, habrían tenido una relación amorosa, pero eso está terminantemente prohibido durante el tiempo que dura la terapia.
Se atraían mutuamente, sin embargo ambos sabían que eso era imposible.
Berta tuvo paciencia.
Era consciente de la importancia que tenía para ella hacer bien PH.
Cuestión de vida o muerte.
Álvaro Arregui sin embargo, no fue capaz de esperar.
Daba demasiadas vueltas a su cabeza.
Un día, despareció sin decir nada a nadie, ni siquiera a Berta, que se quedó destrozada cuando se enteró.
Intuía que Álvaro haría un disparate, pero nunca pensó que llegaría tan lejos.
A pesar de estar separados del mundo, sin acceso a las noticias y solo concentrados en la terapia, alguien le contó a Berta lo que había pasado.

Lo primero que hizo Álvaro cuando se escapó, fue reservar una habitación en el hotel Maria Cristina de San Sebastián.
Luego compró la mejor heroína.
Sabía quien la tenía.

Al día siguiente, le encontraron muerto en la cama.

Berta estaba destrozada pero si algo tenía claro es que ella había hecho la buena elección.
Solo tenía dos alternativas:
PH o la calle.
Eligió PH aunque se pasara llorando el resto de su vida.
Sabía que Álvaro lo estaba pasando mal, pero nunca pensó que llegara tan lejos.
Tenían planes y ella esperaba que juntos podían ayudarse mutuamente.
Cuando Álvaro se fue, pasó por su cabeza que podía recaer, pero nunca pensó que hiciera semejante disparate.

Tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para seguir luchando por su vida.

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