viernes, 20 de mayo de 2016

Capítulo 15 Marcos Aramburu







Aunque nacido en San Sebastián, Marcos Aramburu había vivido en Madrid la mayor parte de su vida.
Se empeñó en hacer la carrera de cine siendo muy joven y a pesar de que a sus padres no les hizo ninguna gracia, se puso tan terco que lo consiguió.
Le gustaba el cine y le gustaba Madrid, por lo que desde que se instaló allí, se le vio muy poco por San Sebastián.
En cuanto terminó la carrera, sus padres dejaron de mantenerle y no le quedó más remedio que aceptar toda clase de ofertas de asuntos sin importancia, en los que no podía lucirse ni divertirse.
Tenía afición y buenas ideas, pero le faltó la suerte y la paciencia.
Pronto se desanimó.
A veces le encargaban anuncios publicitarios que realizaba con pulcritud, pero no dio el salto a la dirección de la gran película, con la que siempre había soñado.
Se enamoró de una compañera, con quien se casó.
Se instalaron en una buhardilla del barrio de las Letras.
El tema de sus vidas era el cine.
Además de ver la mayoría de las películas que estrenaban, acudían a los cineclubs donde participaban en los coloquios y se encontraban con los amigos, que iban dando pasos en ese mundo que tanto les atraía.
Leían sobre cine, veían cine y hablaban de cine.
Creían que eran muy felices, hasta que las estrecheces, las deudas y el descontento, les obligaron a buscarse la vida, aunque tuvieran que dejar de lado los sueños cinematográficos.
Marcos encontró un trabajo en una productora, bien remunerado y poco satisfactorio, mientras Laura, su esposa, se presentaba a castings para poder seguir en el mundo del cine.
Ella no tenía pretensiones de ser directora ni una gran actriz, solo quería vivir en ese mundo mágico, que le había fascinado desde que tomó parte como figurante, en una película que rodaban en la playa de Asturias, donde veraneaba con sus padres cuando era pequeña.
Poco a poco Laura fue consiguiendo trabajitos, hasta que le contrataron para un papel secundario en una serie para la televisión, lo que le procuró tranquilidad y cierto entusiasmo.
Sin embargo, su marido no era feliz.
El trabajo de la productora no le estimulaba, se había convertido en un oficinista y su creatividad se atrofiaba.
Empezó a beber para atontarse y cuando estaba ebrio no se sentía tan desgraciado, así que lo tomó como una costumbre, que empezaba a media mañana cuando se suponía que salía a tomar un café.
Llevaba siempre un botellín de bolsillo con whisky que añadía a lo que bebía, bien fuera té, café o coca-cola, que era lo que pedía en los bares.
Ese botellín le daba seguridad en si mismo.
Marcos sabía que la seguridad era falsa y que no era saludable basar su vida en el alcohol, mas no veía otra puerta de escape.
Su relación con Laura se fue deteriorando, ya que sus caminos se distanciaron tanto, que llegó un momento en que no tenían nada en común, excepto la buhardilla.
Sin darse cuenta habían dejado de ver películas y se les había terminado la conversación.
Laura seguía trabajando en series y a pesar de que resultaba monótono, le gustaba lo que hacía y ganaba un buen dinero.
Marcos, por el contrario, cada día estaba menos satisfecho en su trabajo y el dinero que ganaba, lo empleaba en el único vicio que le quedaba.

Fue Laura quien tomó la decisión de separarse.
Lo tenía planeado de tal manera, que Marcos no pudo replicar.
Le dijo que podía quedarse con la buhardilla pagando el alquiler, que hasta entonces compartían.
Ella ya tenía apalabrado un apartamento en otro lugar.
No le reprochaba nada, pero le resultaba imposible seguir viviendo con él, siendo testigo de su autodestrucción.

He intentado ayudarte, le dijo, pero no quieres hacer ningún esfuerzo.
Si algún día estás dispuesto a salir de ese agujero y me necesitas, no dudes en llamarme.

Marcos se quedó petrificado.
Le pilló de sorpresa.
Él pensaba que Laura estaría siempre a su lado.
Habían estado juntos toda la vida.
Alguna vez que Laura había insinuado que lo que hacía no era bueno, él le había contestado que ya lo sabía, pero era lo único que le ayudaba a vivir una vida sin alicientes.
Laura no insistió y él creyó que le aceptaba así.

Laura le planteó el asunto un domingo por la mañana, antes de que hubiera tomado su primer trago, para tener la seguridad de que estuviera sobrio.
Al cabo de un rato Marcos reaccionó y casi se puso a llorar.
Era un hombre de gran sensibilidad y si no fuera porque no había logrado llevar a cabo sus ilusiones y por haberse refugiado en el alcohol, habría sido un estupendo compañero de viaje.
Laura le quería, pero vivir al lado de un fracasado le restaba fuerza para seguir adelante con su propia vida.
Ella no era ambiciosa.
Podía ser feliz aceptando lo que la vida le presentaba.
En cambio, Marcos se había empeñado en dirigir su gran película y al comprobar que no era posible, escapó y echó a perder su matrimonio, además de su salud.
Gracias a su capacidad de trabajo y a ser un excelente relaciones públicas, había sido capaz de mantener su trabajo.

Quiso decirle a Laura que le perdonara, pero sabía que no había marcha atrás, porque ya en una ocasión, ella le había puesto entre la espada y la pared.
Le había escrito una carta, en la que le decía que no podía seguir así, que tenía que elegir: o ella o el botellín.
Hablaron con mucha tranquilidad, valorando la idea de hacer una cura de desintoxicación en una clínica especializada, o acudiendo a AA.
Marcos dijo que le diera unos días para intentarlo él solo.
No quería ir a ningún sitio.
Al cabo de una semana, no le quedó más remedio que reconocer que era incapaz de dejarlo.
Fueron juntos a un psiquiatra, que le recetó una medicación para que le resultara más llevadero y lo intentó.
Laura estuvo a su lado todo el tiempo, más cariñosa que nunca y dando muestras de su amor y de una paciencia infinita, pero cuando ya parecía que todo estaba en orden, Marcos le confesó que le había estado engañando desde el principio y que nunca había dejado de llevar su botellín de bolsillo.

Por eso, cuando al cabo de unas semanas Laura le planteó el estado de las cosas, Marcos supo que la separación era definitiva.
Le agradeció que le dejara la buhardilla, porque pensar en organizarse una casa para él solo, le aterraba.

Gracias a Laura y a su propia dignidad, nunca se había abandonado en el aspecto.
Había sido un dandi y lo seguía siendo.
Era alto, muy delgado y había sido muy guapo.
Se notaban los efectos del alcohol en las ojeras y en un ligero tembleque de las manos que trataba de disimular.
Parecía mentira que un hombre tan brillante, a quien todos escuchaban con respeto cuando hablaba de cine en la escuela, se hubiera convertido en una persona triste, que evitaba los encuentros con los que habían sido sus amigos más queridos.

Al quedarse solo se sumergió en una profunda depresión.
Por primera vez en su vida dejó de ir a trabajar.
No era capaz de levantarse de la cama.

No le quedó más remedio que ir al médico para que le diera la baja.
No le extrañó al médico que se sintiera tan cansado, porque los análisis demostraron que tenía el hígado muy inflamado.
Si quería seguir vivo tenía que dejar de beber, dejar de trabajar y descansar.
Ante la nueva situación, pidió sopitas a sus padres que le acogieron en San Sebastián y se comprometieron a cuidarle.
No les pareció bien que Laura se fuera justo cuando Marcos estaba enfermo.
Hicieron algún comentario al respecto y Marcos se sintió obligado a confesar la verdad de lo que había sido su vida durante los últimos años, dejando claro que Laura siempre se había portado muy bien con él.

Al enterarse de lo que había sucedido, sus padres le dijeron que debía asistir a las reuniones de AA.
Lo dijeron con delicadeza, dándole a entender que era la condición que le ponían para que pudiera vivir en su casa.

Así es como Marcos empezó su nueva andadura.

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