jueves, 19 de mayo de 2016

Capítulo 14 De repente, un hombre interesante








Berta seguía con su vida ordenada, acudiendo a la TPA cada día y logrando la suficiente satisfacción como para seguir haciendo lo mismo, a pesar de que le faltaba un punto de diversión en su vida.
Lo había pasado tan mal cada vez que se había salido del tiesto, que le compensaba vivir tranquila, aunque se aburriera.
Se tenía miedo a si misma y prefería atarse en corto.
Alguna vez la llamó Lola Zuloaga para salir a tomar una copa, pero le dijo que no podía, que estaba ocupada todos los días a las siete de la tarde.
Lola no le pidió explicaciones, pero tampoco la volvió a llamar.
Berta se dio cuenta de que si quería tener una amiga, no le quedaba más remedio que decirle la verdad.
Resultaba incómodo dejar esa especie de misterio en el aire.
Las veces que le dijo a Lola lo de las siete de la tarde, se creó un vació que no tenía sentido.
No quiso darle más importancia y siguió con su rutina cotidiana.
Pronto llegaría la navidad y vendrían todos sus hijos y estaría muy ocupada.
En esas andaba cuando apareció un hombre nuevo en TPA.
No solo nuevo sino guapo, bien vestido y de cierta edad lo que era de agradecer, porque los jovenzuelos que se dejaban caer de vez en cuando, no solo no eran interesantes, sino que enseguida se cansaban y desaparecían.
El nuevo no hablaba.
Todos le dieron la bienvenida, le recibieron con entusiasmo y él se limitó a decir:

Me llamo Marcos y soy alcohólico.

Llegaba todos los días a las siete en punto, lo que significaba que no daba lugar a charlar un poco antes de empezar y se marchaba en cuanto terminaba la terapia.
Nunca se quedaba rezagado como solían hacer los demás, por lo que nadie sabía nada de él.
A pesar de tener una facciones perfectas, al verle de cerca se notaba que estaba deteriorado.
Tendría algo más de cincuenta años y se veía que no se había cuidado demasiado.
Alto y delgado, se notaba cierto refinamiento en sus manos de pianista y una timidez imposible de disimular.
Para Berta supuso un aliciente.
Le gustaba la idea de verle todos los días y pensaba que quizás en algún momento hablarían y tendría la oportunidad de tener un amigo, porque a pesar de que tenía una buena relación con la gente del grupo, no había llegado a intimar con nadie.
Alguna vez se había quedado tomando un café con algunos que iban al bar de al lado, pero prefería irse a casa.
La mayoría de las veces, la gente que tomaba la palabra resultaba interesante, porque contaban que ese esfuerzo que hacían de no dejarse llevar por sus debilidades gracias a la fuerza del grupo, les colmaba de satisfacción y eso animaba a todos.

Berta no había hablado desde el día que volvió de la excursión, cuando contó que le resultaba difícil tratar con la gente que tiene ordenada su vida y pensó que ya era hora de decir que echaba en falta tener amigos, que estuvieran en circunstancias similares a las de ella, así que un día cualquiera, ni corta ni perezosa, tomó la palabra:

Me llamo Berta y supongo que soy politoxicómana.
Tres adicciones:
A los hombres.
A las drogas.
Al alcohol.
Llevo mucho tiempo limpia y hago una vida ordenada, pero noto que me falta algo: me aburro.
Lo que más me gusta de todo lo que hago, es venir al grupo lo cual me temo que no es sano.

Casi todos sonrieron y algunos incluso se rieron, como dando a entender que se solidarizaban con ella.
Es habitual que la gente que hace terapia, se quede enganchada al grupo y no quiera terminar, porque se siente protegida y el miedo a volar sin ayuda, asusta.
Berta siguió:

Llevo mucho tiempo, tal vez demasiado, basando mi vida en el grupo, pero sé que ha llegado el momento de abrir otros horizontes y no sé por donde empezar.
El día que hice la excursión con la gente de arquitectura, tuve mucho miedo.
Miedo a que me hicieran preguntas y no saber qué contestar y miedo a aburrirme.
La verdad es que se me quitaron las ganas de meterme en ese mundo, en lo que aquí llamamos “el mundo real”.

Le miraron con curiosidad.

Respecto a las preguntas, no tuve grandes problemas, pero la verdad es que me aburrí bastante.
Desde entonces, solo salí una vez con la chica con quien compartí habitación y todo era tan superficial, que se me han quitado las ganas de repetir.
Esto es todo por hoy.
Esta es la situación en la que me encuentro.

Quizás fuera la valentía de Berta o que le había llegado el momento preciso que, ante la sorpresa de todos, Marcos habló:

Me llamo Marcos y soy alcohólico.

Tenía una voz grave, profunda y con un ligero temblor.
Tosió un poco y continuó:

Lo que ha comentado Berta es bastante parecido a lo que me pasa a mi.
He bebido toda mi vida, lo que significa que no sé comportarme cuando estoy sobrio.
Gracias al alcohol vencía mi timidez.
Me siento como un aprendiz de la vida.
Con el alcohol adquiría cierto desparpajo y no se me ponía nada por delante.
Si no me hubiera dicho el médico que tengo que dejar de beber porque mi hígado está destrozado, no creo que tendría el valor para hacerlo.
Muchas gracias.

Aquí terminó su discurso.
Le agradecieron que hubiera compartido y el grupo siguió su curso.
Estaban acostumbrados a ese tipo de exposición, sobre todo en los que hablaban por primera vez.
Era habitual que los alcohólicos tuvieran problemas de timidez.

Para Berta fue estupendo que Marcos se abriera, porque le dio pie para acercarse al salir y a pesar de que no sabía qué decirle, era tanto el interés que tenía en ese hombre tan interesante, que se acercó a él y le preguntó si le apetecía tomar un café.
Marcos aceptó encantado y Berta le llevó a un bar diferente del que iban los de TPA.
Quería estar a solas con él.
A éstas alturas de la vida, Berta creía que había superado su propia timidez y trató de comportarse con naturalidad para que Marcos se sintiera cómodo, pero le notaba tan tenso que ella también se puso nerviosa y no sabía qué decir.
Entonces fue Marcos quien tomó la palabra y le dijo que gracias a lo que ella había dicho sobre lo difícil que le resultaba la “vida real”, tuvo el coraje de hablar por primera vez y estaba encantado por haber tenido el valor de hacerlo.
Consideraba que ese trabajo de equipo que se establece en el grupo, es una maravilla.
Le contó que había estado tratando con un psiquiatra, pero no le había gustado nada.
La sensación de autoridad que le producía el psiquiatra desde su butaca, le hacía sentirse humillado.
El hecho de tener problemas graves con el alcohol no era motivo suficiente como para que le trataran como a un retrasado mental.
Habló bastante de lo mal que se había sentido hasta que empezó en TPA y lo contento que estaba por ser respetado.

Pronto se sintieron cómodos el uno con el otro y Berta se fue a sus casa con la ilusión de haber encontrado un amigo con quien charlar de sus asuntos, sin necesidad de disimular o esconder algunas partes de su vida.

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