miércoles, 18 de mayo de 2016

Capítulo 13 Lola Zuloaga







A Berta le falta seguridad en si misma para asumir su trayectoria vital.
Está en el camino correcto pero le cuesta quererse y reconocerse.
Ante Lola se había mostrado como una chica normal, sin demasiados problemas.
Lo que no sabía es que también Lola escondía sus cartas en la manga, aunque de otra naturaleza.
Lola consideraba que era mejor ocultar lo que le había hecho huir de Barcelona e instalarse en San Sebastián.
Sucedió todo tan rápido que no tuvo tiempo de pensarlo dos veces.
Hizo la maleta deprisa y corriendo, cogió un avión en el último minuto y se presentó en casa de sus padres, diciendo que su marido le había maltratado.
La recibieron con todo el cariño y la discreción de la que fueron capaces, porque notaron que estaba muy afectada.
Se metió en su cuarto y no paraba de llorar.
Cuando se encontró un poco mejor, les dijo que no quería hablar del tema y que les rogaba que le respetaran.
No les contó que había estado saliendo con un hombre casado y que, a pesar de que hizo todo lo posible para que su marido no se enterara, no pudo evitar que llegara a sus oídos y al interrogarle, lo hizo con tanta agresividad, que ella no supo cómo salir del paso y le dijo la verdad.
Ante lo cual, Jordi Fontcuberta, abogado de cierto prestigio en Barcelona, le ordenó que desapareciera de su vista, si no quería que le metiera en problemas.
Un buen abogado puede hacer mucho daño cuando algo le molesta personalmente y en este caso, el adulterio de Lola no era caso menor.
Se dio cuenta de que era preciso marcharse lo antes posible.
No tenían hijos y tampoco era el momento de pedirle una pensión compensatoria, así que aunque ella tenía un buen trabajo, lo único que se le ocurrió fue poner distancia.
Sabía que a Jordi lo que más le importaba era que la gente comentara que su mujer le había engañado, pero dados los intereses y el prestigio del tercero en discordia, si ella desaparecía todo quedaría en un rumor sin confirmar.
Además, estaba segura de que Jordi no iría a buscarle a casa de sus padres, ya que era evidente que no estaba enamorado de ella.
Los últimos años habían seguido juntos por inercia y para no complicar las cosas.
A Lola no le importaba mucho que los primeros efluvios del amor, hubieran pasado porque tenían una vida agradable.
Jordi era educado, se portaba bien y le gustaba vivir en Barcelona.
Pero he aquí que surgió una especie de romance con uno de los arquitectos del estudio, que estaba casado y no tenía intención de separarse.
Tampoco era un amor desesperado, sino una historieta para ir con alegría al trabajo.
Ambos sabían el estado de las cosas y no pretendían cambiarlas.

Sus padres querían saber lo que había pasado.
Al ver que Lola se había tranquilizado, insistieron para que les dijera la verdad, pero ella no era capaz de confesar lo que había hecho y tampoco se le ocurría una mentira.
Lo único que decía es que Jordi le había maltratado y con esa palabra se cerraba en banda y no daba explicaciones.
Pronto empezó a buscar trabajo con interés, ya que vivir en casa de sus padres se le hacía muy duro.
Eran encantadores y estaban contentos de tener a su hija con ellos, pero insistían en saber lo que estaba pasando en su matrimonio.
Lola estaba desesperada.
Necesitaba un trabajo y una casa para ella solo.
Solo eso.

Llegó una carta muy seria de su marido en la que le urgía a firmar el divorcio sin mediar palabra.
Una separación limpia en la que él se quedaba con la casa y le mandaría sus pertenencias personales.
Ni siquiera tenía que ir a Barcelona a firmar el papel.
Lo había arreglado todo de modo que solo tendría que ir a un notario de San Sebastián.
Lola se puso nerviosa, porque al hablar con sus padres sobre el divorcio, no entendían que ella estuviera dispuesta a firmar sin pedir lo que le correspondía, que por lo menos era la mitad de la casa, ya que la habían comprado juntos y estaban pagando la hipoteca.
Tampoco les entraba en la cabeza que no le denunciara por maltrato.
Lola dijo que necesitaba terminar con ese matrimonio cuanto antes y estaba dispuesta a firmar lo antes posible, sin reclamar nada.

Contó que los últimos años habían sido muy desagradables y quería olvidarlos y empezar una vida nueva.
A sus padres no les quedó más remedio que aceptar lo que decía la niña.
Lola tenía un carácter fuerte y sus padres siempre habían sido blandos con ella.
Era hija única, caprichosa y muy lista.
De hecho, había conseguido ir a Barcelona para estudiar la carrera, a pesar de que podía haberse quedado en San Sebastián, pero ella se empeñó diciendo que el nivel era incomparable y estaba empeñada en ser una buena arquitecta.
Así consiguió salir de casa de sus padres, que era lo que de verdad le interesaba.
No tuvo mucho tiempo para disfrutar de la vida de estudiante, ya que conoció a Jordi Fontcuberta que había terminado su carrera de abogado y trabajaba en uno de los mejores bufetes de Barcelona.
A Lola le impresionó ya que con él hacía una vida que desconocía.
Salía a cenar a los mejores restaurantes y tomaban copas en las discotecas de moda donde Jordi conocía a todo el mundo.
Su vida cambió por completo.
Jordi le pidió que se fuera a vivir con él y Lola aceptó sin pensarlo dos veces.
Era su modo de actuar.
Precipitadamente.
Resultaba bastante más agradable vivir en el apartamento de Jordi con toda clase de comodidades, que compartir un piso en el Born con otros estudiantes.
Jordi quiso conocer a sus padres y fueron a San Sebastián un fin de semana.
Durmieron en habitaciones separadas.
Los padres de Lola seguían pensando que ella vivía en el piso de Born.
Al volver a Barcelona, Jordi le dijo que le gustaría casarse y ella accedió.
A sus padres les había gustado Jordi, aunque la idea de que su hija viviera en Barcelona no les hizo gracia, pero no tenían motivos para oponerse, así que organizaron la boda en el Buen Pastor y una cena en el castillo de Brindos, en Biarritz que era lo más elegante en aquella época.
Los invitados de Barcelona se instalaron en el hotel Maria Cristina de San Sebastián, encantados de tener una excusa para pasar un par de días en el país de los vascos.
Los padres de Jordi conocieron a los de Lola y todo salió mejor de lo esperado.

Lola y Jordi fueron de viaje de novios a Isla Mauricio, en pleno océano Índico ya que Jordi necesitaba descansar.
Lola había planeado un viaje basado en ver arte y arquitectura, pero Jordi se negó en rotundo.
Así empezó un matrimonio en el que aparte de cierta atracción física que fue desapareciendo, poco tenían en común.
Habían decidido que no tendrían hijos de momento, ya que Lola quería terminar la carrera, por lo que cada uno se dedicaba a lo suyo y se encontraban en casa por la noche, cansados y pensando en el día siguiente.
Así pasó el tiempo hasta que Lola se dio cuenta de que su marido era un soso y buscó algo para entretenerse.
A pesar de que lo que sucedió fue desagradable, Lola estaba contenta de haber salido de ese matrimonio, en el que no había pasión ni diversión.


La idea de vivir en San Sebastián no le atraía demasiado pero de momento era lo único que podía hacer dada su situación.

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