martes, 17 de mayo de 2016

Capítulo 12 Momentos difíciles








Hasta que llegaron a la bodega Marqués de Riscal, a Berta no se le pasó por la imaginación que el hecho de estar con gente aparentemente normal, se rige por unas normas establecidas, que poco tienen que ver con el comportamiento de la gente conflictiva.
Aparte de sus padres que la querían, Berta no tenía costumbre de salir con personas de orden.
Durante el viaje de Bilbao a Logroño, Rafa Aguirrebengoa tomó el micrófono y no solo habló de la obra de Frank Gehry en El Ciego, sino que también les contó, cómo había organizado el reparto de las habitaciones.
Berta se quedó de piedra cuando le dijeron que compartiría con Lola Zuloaga, con quien ni siquiera se había relacionado en el foro de internet.
Parece ser que es costumbre en este tipo de viajes hacerlo así.
Berta calló y aceptó.
Notó que podían pasarle cosas inesperadas, cuando en la comida de El Bistró dijo que no tomaba vino, mas no quiso darle importancia, aunque podía resultar raro que al día siguiente en la cata, se abstuviera de beber.
Las personas que se han salido del redil, cuando regresan, se encuentran que todo sigue igual, solo ellas han cambiado.
Es como si hubieran estado de viaje mucho tiempo, aprendiendo otras culturas y al volver al pueblo, se dan cuenta de que han olvidado las costumbres.
Berta trató de disfrutar del viaje y pensó que reaccionaría ante los acontecimientos en el momento que se presentaran.
La primera visión del edificio de Gehry, con la luz del atardecer y los últimos rayos del sol resaltando los colores, resultó emocionante.
A pesar de que habían visto fotos, todos se quedaron impresionados de los cambios de color, no lo esperaban.
Así como la forma tiene relación con el Guggenheim Bilbao, el color añadido lo convierte en un festín relacionado con Baco.

Rafa le presentó a Lola Zuloaga, su compañera de cuarto, que resultó ser una chica encantadora, recién divorciada y con ganas de olvidarse de sus problemas y divertirse.
Lola era joven y aunque había estudiado la carrera de arquitectura en Barcelona, donde se había casado con un catalán, al divorciarse volvió a San Sebastián, de donde era oriunda y tenía intención de instalarse en cuanto encontrara un trabajo.
De momento vivía en casa de sus padres y casi todo en su vida se estaba tambaleando.
Pronto Berta perdió el miedo que había sentido al principio y se sintió tan cómoda con ella, que empezaron a hablar y tuvieron que hacer un esfuerzo para unirse con los demás.

La cena resultó entretenida además de excelente, desde el punto de vista gastronómico.
Todo estaba muy cuidado y la única pena fue que Berta no pudo probar el vino.
Comentaron que gracias a Gehry, el vino Marqués de Riscal se encontraba en todos los restaurantes, tanto de Europa como de California.

La mañana del domingo estaba dedicada a ver las bodegas, con un guía que contó con todo lujo de detalles, cómo se hacía y se conservaba el vino en las diferentes barricas.
Al terminar el recorrido, llegó el momento de la cata y Berta simplemente dijo que no podía probar una sola gota de vino, porque le sentaba mal.
Eso fue todo.
Ahí terminaron sus miedos y mientras los demás se deleitaban probando los deliciosos caldos, Berta tomó una Coca_Cola light.

Por la tarde, vuelta a San Sebastián.

Berta se metió en la cama en cuanto llegó a su casa y trató de digerir todo lo que había vivido en un fin de semana, que se había convertido en un examen sobre su estado actual, para vivir en una sociedad de la que se había alejado, bastante más de lo que ella hubiera imaginado.

Pensó que lo mejor sería ir poco a poco y agarrarse fuerte a la terapia, que era donde mejor se encontraba.

Pasó una noche inquieta, dando vueltas a los pensamientos que rondaban por su cabeza y los miedos que parecían rezagados volvieron a mostrarse, intentando hacer que se sintiera débil otra vez.
No lo permitió.

Había hecho un gran esfuerzo para recuperar una autoestima que había perdido hacía mucho tiempo y acudió ala terapia, con la necesidad perentoria de hablar y compartir con su gente, cómo se había encontrado en el otro lado, en lo que ellos llamaban “la vida real”.
Habló con el corazón, sin esconder nada, confesando humildemente que no tenía valor para comportarse con naturalidad, cuando estaba con gente que tal vez la estuviera juzgando.
Consideraba que vivían en mundos diferentes y que un muro infranqueable los separaba.
Berta se daba cuenta de que su problema, además de tener una dependencia de los hombres que intentaba controla, era que no sabía estar sola.
Solo cuando estaba muy centrada, yendo a la terapia todos los días y participando activamente, era capaz de estar tranquila en su casa.
No tenía amigos.
Lo de Natalia le había afectado de tal manera que empezó a tener miedo incluso de las personas del grupo, ya que a veces no les notaba fuertes y temía que la influenciaran.

En éstas andaba, cuando recibió un mail de Lola Zuloaga, su compañera de cuarto en El Ciego, para invitarle a tomar un café y charlar un poco.
Lola también se encontraba sola en San Sebastián y tenía que organizar su vida.
Berta aceptó y Lola la llevó al Dry Bar del hotel Maria Cristina, que tiene la carta más extensa de tés e infusiones, que nadie haya visto por estos lares.
Para Berta fue un gran hallazgo, porque para una persona que no bebe, siempre es un alivio pensar que existe un lugar en el que han pensado en la gente que toma otras bebidas, que pueden ser tan buenas o mejores que el vino, aunque en el país de los vascos, resulte poco convincente.
Quedaron a las cinco y media.
Berta le advirtió que a las siete tenía un asunto importante.
A pesar de la curiosidad, Lola no le hizo preguntas y pasaron la tarde compartiendo los problemas que tenían, para incorporarse de nuevo a la vida social.
Berta había desarrollado la capacidad de escuchar de tal manera, que hacía que las personas que estaban con ella se sintieran a gusto y hablaran de sus asuntos personales con absoluta franqueza, lo cual no significaba que eso le diera confianza a ella para hablar de los suyos, ya que los terrenos de las adicciones, son bastante más resbaladizos que los referentes a los problemas matrimoniales, que eran los de Lola en este caso concreto.
Lola le contó cómo había sido la historia de su matrimonio y las ganas que tenía de organizarse para poder vivir sola.
Sus padres la trataban muy bien, pero ella se sentía incómoda en esa situación.
Necesitaba una casa propia.
A pesar de que Lola no ocultó su situación, Berta no se atrevió a contarle que acudía a TPA.
Solamente le habló de sus hijos, que estaban estudiando sus carreras en el extranjero.
Solo con eso consideraba, que ya cumplía su parte en la conversación.
Aunque la diferencia de edad era considerable, ambas tenían en común que se encontraban en un momento parecido, en que no les quedaba más remedio que hacer un esfuerzo para organizarse en un San Sebastián que por diferentes razones, era nuevo para las dos.

Quedaron en verse pronto y Lola le dijo que le gustaría invitarla a casa de sus padres.
Berta accedió por educación, pero una vez más con el miedo de tener que dar explicaciones.

La diferencia entre Lola y Berta, es que ésta última no quería que la historia de su vida trascendiera.

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