domingo, 15 de mayo de 2016

Capítulo 11 Berta afronta la vida social








Cuando alguien que acude a una terapia de grupo con la que se ha comprometido de manera consciente, sabiendo que de ello depende su vida, es muy importante ser responsable, ya que los actos individuales repercuten en el grupo.
Desde el día en que Natalia y Gonzalo dejaron de asistir a TPA, Berta se dio cuenta de lo que estaba pasando y tuvo que hacer un gran esfuerzo, para no dejarse llevar por la debilidad que eso le provocaba.
Le hubiera gustado compartirlo, pero aquí no era posible.
El protocolo no lo permitía.
Cada persona hablaba cuando lo deseaba y los demás escuchaban en completo silencio, sin opinar ni preguntar.
Está comprobado que funciona, de eso no existe la menor duda, pero a Berta, que con gran esfuerzo se había sometido a la dureza del primer Proyecto Hombre inaugurado en Bilbao, le costaba mantener esa postura pasiva.
Sin embargo, se daba cuenta de que el hecho de ser escuchada en silencio, sin juicios ni preguntas, es un bálsamo divino.
Cada día aprendía y eso la fortalecía.
Notaba que esa necesidad imperiosa de gustar a los hombres, se iba apaciguando.
Su vida se había simplificado hasta tal punto, que casi no salía.
Cuando no acudía a la clase de Pilates o a la piscina, se quedaba tranquilamente en casa leyendo y sumergida en internet, que se había convertido en una fuente de estudio de la arquitectura contemporánea, de la que ya contaba con una base importante.
A través de un foro en el que compartía opiniones, se asoció a un grupo de gente que organizaba pequeños viajes, para ver edificios de los grandes arquitectos actuales.
Hasta ahora, no se había atrevido a ir a ningún sitio, por temor a dejar la terapia.
Consideraba que todavía estaba débil y necesitaba ir todos los días, era su tabla de salvación.
Sin embargo, cuando sucedió el asunto con Natalia y comprendió que ni por un momento había dudado en pensar en si misma y en autoprotegerse, comprendió que ya estaba preparada para hacer una pequeña escapada.
Iba a afrontar el hecho de encontrarse con personas a las que no conocía y con las que en principio, lo único que tenía en común, era el interés por la arquitectura.
El primer viaje era muy sencillo.
Consistía en ir a Bilbao para ver el Guggenheim de Gehry, seguir a la Rioja en donde pasarían la noche y al día siguiente, una cata de vino en la bodega Marqués de Riscal, que también es de Gehry y así completaban la excursión.
Casi todos habían estado en el Guggenheim Bilbao, pero pocos conocían la bodega de El Ciego, por lo que la idea de ver las dos obras de Gehry con las debidas explicaciones, aumentaba el atractivo del plan.
Berta estaba muy interesada en la obra de Gehry, aunque la verdad es que solo conocía el museo de Bilbao, mas la idea de ver otros edificios y que el tema general fuera la arquitectura, le pareció un aliciente para salir de la vida monacal y empezar a tratar con gente, que está fuera del problemático mundo, en el que se había movido los últimos años.
Carola Bastida que trabajaba en El Kubo de Moneo y estaba acostumbrada a organizar los viajes para visitantes extranjeros, se encargó de preparar la excursión.
Una minivan de lujo para ocho personas, con todas las comodidades imaginables.
Salieron de San Sebastián a las diez de la mañana del sábado.
Durante el viaje, Rafael Aguirrebengoa, afamado arquitecto ya jubilado, fundador del grupo, iba explicando con un micrófono de sonido impecable, los datos menos conocidos de Gehry.
Mucho se había oído hablar del Guggenheim Bilbao, pero poco se sabía de la obra de Gehry en Santa Mónica, California, que es donde vivía y trabajaba, antes de que los bilbaínos le abrieran la puerta grande de su ciudad.

A las once y media ya estaban entrando en el Guggenheim por la puerta de la derecha, que está reservada a los amigos del museo y no es necesario hacer cola.
Al llegar ahí, ya tenían una idea más detallada de quien era Frank Gehry y cómo se había fraguado el proyecto Guggenheim Bilbao.

Para poder visitar el museo y las diferentes exposiciones de manera individual, prefirieron que cada uno llevase una guía de las que ofrece la entidad y quedaron en encontrarse a las dos en el Bistró, para comer y compartir las experiencias.
Antes de decidirlo, contemplaron la idea de comer en el Nerua que tiene una estrella Michelín, pero llegaron a la conclusión de que la gastronomía de cierta altura, requiere toda la atención y el foco de este viaje era la arquitectura, así que se decantaron por el Bistró que es más sencillo, aunque no por eso, menos deseable. 

Tenían toda la mañana para ver las exposiciones temporales:
Louise Bourgeois, La escuela de París y Las sombras de Warhol.
Si les apetecía descansar, podían ir a cualquiera de las cafeterías.
Eso es precisamente lo que hizo Berta.
Después de ver la expo de Bourgeois que es interesante, intensa y muy generosa, necesitaba recuperarse y se fue a la terraza del Bistró, para tomar un café frente a la ría y el campo de Volantín.
Se sentó en una mesita y mientras disfrutaba de su soledad y de la suave brisa que le acariciaba el rostro, por su cabeza iban pasando las imágenes que evocaban en ella las sutiles obras de Bourgeois.
Se alegraba al darse cuenta del recorrido que había hecho, desde que se casó y se convirtió en una esclava complaciente, hasta verse ahora fuerte, independiente y disfrutando de llevar las riendas de su vida.

Embelesada en sus propios pensamientos, casi tuvo la sensación de despertar de un sueño, cuando dos compañeros de viaje a los que había visto por primera vez en la minivan, se acercaron a su mesa y con toda naturalidad le preguntaron si podían acompañarle.
Berta les recibió encantada.
Además de haberse relacionado con ellos a través de internet, les había visto en la minivan y tenían toda la pinta de ser encantadores.
Era un matrimonio de mediana edad, ambos profesores en la escuela de arquitectura de San Sebastián y a juzgar por los comentarios que hacían en el foro, muy cultos.
Interesados en el mundo del arte, habían publicado varios libros, que Berta no se había atrevido a leer, por temor a que resultaran demasiado conceptuales.
Para Berta resultó providencial que aparecieran en ese momento, porque la expo de Bourgeois le había impactado tanto, que sentirse reflejada le produjo cierta tristeza.
Charlaron un rato sobre el Guggenheim en general y el cambio notable que había experimentado Bilbao.
Ella les contó que dos veces había intentado estudiar arquitectura, pero por cosas de la vida nunca había terminado la carrera, lo cual no le impedía sentir gran pasión por la materia.

Los arquitectos eran catalanes y llevaban varios años en San Sebastián.
Les gustaba la ciudad y la docencia, pero habían conservado el apartamento que tenían en Barcelona ya que la vida cultural donostiarra les resultaba un tanto insípida, a pesar de la ventaja de tener Francia a tiro de piedra, lo que no es despreciable.
No tenían hijos y dedicaban su vida al trabajo y a la escritura.

Berta se sintió a gusto charlando con ellos, ya que no le hicieron preguntas personales, sino que fueron ellos los que llevaron la conversación.
Hasta tal punto estaban entretenidos, que no se dieron cuenta de que ya era la hora de comer hasta que vieron a los del grupo entrando en el comedor y sentándose en la mesa preparada para ellos.


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