martes, 31 de mayo de 2016

22 Llamada telefónica






El sonido del teléfono le produjo un sobresalto.
Eran las doce de la noche y a esa hora, no es habitual que alguien llame por teléfono.
Berta tenía la costumbre de dejar el móvil en la mesilla por la noche.
Lo hacía pensando en sus hijos.
Quería estar siempre disponible para ellos.
Pero no eran sus hijos los que llamaban, sino Marcos.

Natalia

La grave voz de Marcos sonaba diferente.

¿qué pasa Marcos?

Contestó con una voz neutra.

Necesito verte, hablar contigo.

Casi no podía dar crédito a lo que estaba oyendo.

Lo de verme, olvídalo y ya que estás hablando, puedes decirme lo que quieras.

Era la primera vez que Berta le hablaba en ese tono.
Incluso ella misma estaba sorprendida.
Estaba harta.
Harta de todo.
Se había acostado tan contenta y ya tenía que venir alguien a perturbar su paz.
Toda su vida había sido así.
Era la chica buena que siempre estaba dispuesta a ayudar, a consolar, a echar una mano.
Pero se acabó.
Había cambiado.
Estaba demasiado desilusionada con los demás.
Mientras pensaba en ella y en su hartazgo, Marcos hablaba, hablaba y ella no escuchaba.
Cuando prestó atención, oyó que Marcos le pedía perdón, le estaba contando una milonga que no le interesaba.
Algo sobre Lola, algo sobre que le había defraudado, algo que no era de su incumbencia.
Le pareció que había un silencio y pensó que le tocaba el turno de hablar a ella.

No entiendo nada de lo que dices.
¿De verdad crees que me interesa lo que te haya pasado con Lola?
Yo a Lola casi no la conozco.
Compartí habitación con ella y eso es todo.
Probablemente sabes más tu de ella que yo.

Era consciente de su propia antipatía, pero también era verdad que estaba harta de dejarse tomar el pelo, harta de agradar, harta de oír a su madre que la mujer está hecha para tener un marido y ocuparse de él y de los hijos, harta de tantas cosas, que lo único que era capaz de imaginar con entusiasmo, era que llegara la clase siguiente y leer lo que había escrito.
Había sido una buena idea lo de su autobiografía, porque estaba sacando todos los sapos y culebras que había ido guardando a lo largo de su vida.

Perdona Marcos, pero estoy en la cama y no tengo ganas de hablar, te voy a colgar.

Eso fue exactamente lo que hizo y se quedó más ancha que larga.
Ya era hora de empezar a hacer lo que le diera la gana.

Al despertarse, Berta recordó vagamente lo que había pasado la noche anterior y sintió cierto desasosiego.
Era la primera vez en toda su vida que se había expresado sin control y tuvo un pequeño sentimiento de culpabilidad, que se le pasó enseguida.
Estaba dispuesta a luchar por su libertad.
Tal vez todavía no tenía experiencia en preservar su territorio de manera amable y respetuosa, pero por lo menos se había defendido.
Ya tendrá tiempo de aprender a hacerlo con suavidad.

A la salida de la terapia, Marcos se acercó como un manso cordero, pidiéndole perdón por haberle llamado tan tarde y ella le dijo que no pasaba nada, pero que por favor no lo volviera a hacer.
Quería tomar un café con ella y contarle lo que le había pasado con Lola, pero Berta quería ir a casa para leer o escribir.
Le picaba la curiosidad, no obstante hizo un esfuerzo sobrehumano y se fue a su casa.

Cada día estaba más contenta con sus clases de escritura y con sus escritos.
A medida que avanzaba en las clases se iba dando cuenta de lo poco que sabía.
Además del blog sobre arquitectura que ya tenía cientos de seguidores, estaba publicando los textos que escribía para la clase, en un blog nuevo.
Por otro lado, escribía lo que iba recordando sobre su vida, pensando en su autobiografía, pero había episodios tan dolorosos, que dudaba sobre si le resultaría más fácil hacerlo en tercera persona.
No se sentía capaz de contar todo lo que había vivido.
Se avergonzaba de las concesiones que había hecho para intentar seducir a los hombres.
Había llegado la hora de quitarse la careta.
Nadie le había obligado a ser una mujer sumisa.
La verdad era más sencilla.
Cuando le gustaba alguien, se comportaba como una auténtica geisha y sacaba todos los encantos de los que disponía.
Así es como conseguía su propósito.
Y así fue incluso con Jose María, que era el último novio que había tenido.

Y ahora, gracias a que ya había empezado a despejar su cabeza y a fortalecer su voluntad, dejó que pasara el tiempo suficiente, para no forzar la relación con Marcos.
Tuvo tiempo para conocerle y ver que era pusilánime.
Nada podía interesarle menos que un hombre débil.
Necesitaba hacer uso de su propia fortaleza para enderezarse y conseguir recuperar su vigor y poner orden en ese desconcierto en el que vivía casi sin darse cuenta.


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