lunes, 30 de mayo de 2016

21 Berta escribe








Era notable lo que Berta había madurado en unos meses.
La terapia funcionaba.
También cuando salió de Proyecto Hombre parecía que había asentado la cabeza, pero al cabo de unos años, al empezar a salir con Jose María, se dejó llevar al alcohol y fue él mismo quien la llevó a la terapia.
Ahora se daba cuenta de que estaba fuerte, porque las desilusiones que se había llevado con los que parecían sus íntimos amigos, no le habían quitado el empuje para seguir adelante.
Ya que la arquitectura no encajaba en su vida actual, pensó que podía ir a unas clases de escritura, que anunciaban en el Centro Koldo Mitxelena.
Además, siempre le había gustado leer, e intuía que le gustaría escribir.
Llegó un momento en que se había quedado sin los pocos amigos que tenía.
Era evidente que Natalia había desaparecido y lo más seguro es que estuviera metiéndose caña con el chico guapo.
No le extrañaba que no diera señales de vida, Natalia sabía que Berta estaba limpia y no debe estar con negativos bajo ningún concepto.
A Marcos sí le había considerado un buen amigo, pero eso de salir con Lola a escondidas, le parecía una chapuza.
Además, no le veía ningún sentido, porque la relación que ella tenía con Marcos era de amistad.
Le decepcionó que hubiera actuado a la chita callando.
No se había equivocado al pensar que era débil.
Lola nunca había sido su amiga, por lo que no tenía nada que reprocharle.
Casi no la conocía.

Así fue como Berta empezó las clases de escritura.
Poco imaginaba, que lo que empezó como una disculpa para estar entretenida, se convertiría en algo realmente importante.
Se había sentido sola desde su más tierna infancia, por lo que había enriquecido su vida interior y al no tener con quien compartirla, había ido guardando sus vivencias más bonitas, por lo que a estas alturas se encontró con una jardín frondoso, en cuya sombra podía cobijarse cuando calentaba demasiado el sol en el exterior.
El primer día de la clase de escritura se sintió un poco perdida, el nivel era alto.
Además, le pareció que la gente estaba muy suelta.
Daban la opinión alegremente, con sentido común y criticaban sin juzgar, lo cual resultaba muy agradable, porque nadie se sentía intimidado.
La profesora era una chica joven, que había dedicado su vida a la literatura.
Estaba preparando su tesis sobre Pessoa, para conseguir el doctorado.

Es mejor que no leáis bestsellers, ni siquiera en vacaciones, preferiría que os deshicierais de los que tengáis en vuestra biblioteca.
Es posible que os parezca exagerada mi exigencia, sabiendo sobre todo que algunos de vosotros no tenéis intención de publicar, pero quiero que os esforcéis, que deis lo mejor de vosotros mismos, es preciso que trabajéis duro.
La satisfacción de la escritura, solo se siente cuando se hace un esfuerzo.

De repente, cuando menos lo esperaba, la profesora se dirigió a Berta:

Berta, ¿Has escrito alguna vez?

No desde el punto de vista literario, pero tengo un blog sobre arquitectura y yo misma escribo sobre los edificios que veo cuando viajo.
Hago fotos y las comento.
Creo que es lo que llaman metatextos.

Y ahora ¿qué te interesa aprender en estas clases?

Gracias a que Berta había adquirido cierto desparpajo en las terapias, fue capaz de contestar sin titubear a esa nena tan repipi.

Ahora me gustaría aprender a escribir bien, a expresarme de diferente manera a como me expreso hablando.
Quisiera adquirir vocabulario y llegado un momento, tengo intención de escribir mi autobiografía.

Bien, me gustan las personas con ambiciones.
¿Estás dispuesta a hacerme caso?

Si, contestó Berta sin dudarlo.

Te ayudaré en todo lo que esté en mi mano.
El próximo día te agradecería que trajeras un texto de dos folios por lo menos, escrito en prosa.
Quiero saber donde te encuentras.

Y, dirigiéndose a toda el grupo:

Lo que le he pedido a Berta, sirve para todos los que tengan intención de mejorar su escritura.

Natalia salió encantada de la clase.
Era exactamente lo que necesitaba.
Un día a la semana de siete a nueve.
Perfecto.
Había pocos alumnos y variados.

Llegó a casa y lo primero que hizo fue ordenar su biblioteca.
Quitó algunos libros que le parecieron poco serios.
Dejó los de autoayuda, porque le podían servir de consulta.
Tenía libros buenos sobre arquitectura, que para ella eran tesoros.
También encontró algunos de Foucault, Derrida, Walter Benjamin, Bourriaud, Oteiza y otros de filósofos y artistas, que escriben sobre estética.
Pensó que éstos no le servirían para las clases de escritura y los puso en la balda alta.
Entre las novelas, encontró Anna Karénina de Tolstoi y varios de Dostoyevsky, El jugador, Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov y El idiota.
Cogía cada libro con un respeto nuevo, les quitaba el polvo, los abría y acariciaba las páginas, recordando o por lo menos intentando recordar, la época en que los leyó.
Volvió a sentir el refugio que representaron para ella de recién casada, cuando esperaba en casa a un marido que nunca llegaba.
Sintió agradecimiento hacia los libros y los escritores.
Pensó que se había metido en un bosque desconocido, que auguraba una luz nueva en su destartalada vida.

Bien, concluyó dejando a medias el orden de la biblioteca, ahora tengo que dedicarme a escribir un relato.
No sé por donde empezar.
No importa, mañana será otro día.
Bastante he hecho hoy.
He empezado un camino nuevo.


Se metió en la cama con la dulce sensación de haber entrado en un mundo maravilloso que le deparaba múltiples y desconocidas sorpresas.

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