domingo, 29 de mayo de 2016

20 La verdad sobre Lola Zuloaga








Hasta que consiguió ir a estudiar arquitectura en Barcelona, Lola lo había pasado mal.
Era una chica muy lista con un físico anodino.
Se daba cuenta de que tenía una cabeza privilegiada, pero no le servía para lo que más le interesaba, que era gustar a los chicos y se daba cuenta de que a ellos les traía sin cuidado que fuera la más inteligente de la clase, y que tuviera ideas avanzadas en arquitectura.
Ellos solo tenían ojos para las chicas guapas, con las tetas grandes y el culito apretado.
Lola era incapaz de comentar sus problemas con nadie.
No tenía amigas, era demasiado orgullosa.
En San Sebastián se conoce todo el mundo y hay una especie de reglas establecidas.
Cuando una chica coge fama de fea, resulta imposible que un chico se fije en ella.

Al llegar a Barcelona, Lola empezó a saber lo que es sentirse una más.
No se le fueron todos los complejos, pero solucionó algunos de sus problemas, al ver que había muchas chicas tan insípidas como ella o más, pero sabían cómo buscarse la vida y se las veía felices.
Ella se daba cuenta de todo y observó que hay maneras de resolver los problemas físicos.
Se hizo amiga de una chica espectacular.
Antes de acercarse a ella, la había estudiado y podía asegurar que se había operado de la nariz, se había blanqueado los diente, se había puesto implantes mamarios e iba al gimnasio todos los días.
Vestía minifaldas atrevidas y camisetas muy prietas.
Los chicos babeaban con ella y ella ni les miraba, solo estaba pendiente de estar siempre ideal y de ser la mejor de la clase.
Poco a poco y siempre a través de los estudios, Lola fue tomando confianza con ella y se apuntó al mismo gimnasio, al que terminaron yendo juntas.
Dolors era catalana y sabía todos los trucos de belleza habidos y por haber.
Lola le dijo que necesitaba su ayuda, porque no sabía arreglarse.
Dolors estaba encantada de echarle una mano para que estuviera más guapa.
Era su especialidad.
Le enseñó a maquillarse, a vestirse en plan sexy, a coquetear con los chicos, sin dejar por ello de priorizar los estudios.
Poco a poco, Lola se convirtió en una chica que, sin ser guapa, iba tan bien arreglada, que sacaba lo mejor de si misma.
Así es como conoció a Jordi Fontcuberta, que era bastante mayor que ella y se fue a vivir con él.
Estaba encantada.
La vida con Jordi le pareció maravillosa.
Seguía estudiando y al mismo tiempo, con el consentimiento de Jordi, que cooperaba encantado para que su esposa estuviera más guapa cada día, se hizo una rinoplastia, se metió colágeno en los labios y se hizo un tratamiento de láser en la cara.
Le produjo un dolor inaguantable, pero valió la pena porque le quedó un cutis resplandeciente.
Lola había tenido acné en la adolescencia y le quedaban unas marcas de las que se avergonzaba hasta estando sola.
Además, era miope y había llevado gafas toda su vida.
Intentó arreglarlo con lentillas, que le resultaban muy incómodas y solo se las ponía cuando necesitaba estar guapa de verdad, es decir, cuando conoció al que sería su marido.
Se operó de los ojos con el mejor oftalmólogo de Barcelona y se despidió del problema de las gafas, que era otro de los asuntos que le quitaban el sueño.
Se puso implantes mamarios y dejó de usar esos sujetadores con relleno artificial que se notaba a la legua.
Gracias al gimnasio diario y a un tratamiento para la celulitis, consiguió que sus piernas se moldearan y la minifaldas le quedaran sensacional.
Resumiendo:
Una chica que había sido una birria, se convirtió en lo que hoy en día llaman un pibón.
Saberse atractiva la transformó en una mujer simpática, abierta, natural y sin complejos.
Su marido estaba encantado con ella, convencido de que era preciosa y no pedía más a la vida.
Así pasaron unos años, hasta que una vez conseguido lo que más quería en la vida, el éxito basado en su aspecto físico, pasó a otro estadio y se hizo más exigente, quería divertirse.
¿Acaso no se había planteado, que cuando se consigue lo que se desea, se suele presentar una meta más difícil todavía?
Aquí es cuando el jefe del estudio de arquitectura, que desde el principio se había fijado en ella, notó que Lola empezaba a abrirse como las flores en primavera.
Los hombres mujeriegos tienen un sexto sentido para saber cuando una mujer, a pesar de estar casada o tener novio, dispone de un hueco dispuesto a creerse lo que le digan.
Si no, ¿Para qué te pones tan guapa, buena mujer?
¿Acaso tu marido se fija en ti y se da cuenta de que te has comprado un vestido nuevo?
Lola había sido superficial desde que nació.
Había dado demasiada importancia al hecho de agradar y no lo había alcanzado hasta ahora que estaba en lo mejor de su vida.
No fue capaz de darse cuenta de que tener una vida como la que ella había logrado, un marido que le hacía la vida agradable y un trabajo que le gustaba y donde era considerada ¿quién le mandaba jugar a ser Madame Bovary?
Ni siquiera estaba enamorada de quien se convirtió en su amante, en cuanto le dijo un par de cosas bonitas y se las creyó.
Esas siestas a las tres de la tarde, antes de que la gente llegara al estudio, le hicieron perder la cabeza.
Aparecía poniéndose la bata blanca y con el pelo alborotado, cuando a las cuatro y media llegaba el resto del equipo.
Nada le importaba excepto su aventura extramatrimonial.
Y así pasaban los días, creyéndose la heroína de una novela, sin escuchar una voz interior que le susurraba que estaba jugando con fuego.
No quería darse cuenta de que todos los del estudio comentaban su relación con el jefe, sabiendo que ambos estaban casados.
Barcelona no es una ciudad pequeña como San Sebastián, pero los barrios funcionan como si lo fuera.
Antes o después, los maridos se enteran.
De todos los temas escabrosos que existen para comentar, el adulterio es tal vez el más provocativo.
Efectivamente, era obvio que antes o después alguien tenía que enterarse y casi al mismo tiempo lo hicieron su marido y la mujer de su amante así que a Lola no le quedó más remedio que volver a San Sebastián.
No le importó.
Ahora era una mujer muy guapa, que toreaba a los hombres como si fueran vaquillas y poseía tanta seguridad en sí misma, que nada ni nadie se le ponía por delante.
A pesar de que todavía vivía en casa de sus padres y que no conseguía encontrar un trabajo de su nivel, cuando se encontró con Berta y su acompañante, se dijo a sí misma:
Este tío me gusta.
Como casi no tuvo tiempo para utilizar sus armas de conquistadora, se metió en las redes sociales y no le costó encontrar al cineasta.
Y como todos los hombres, Marcos cayó en las redes de Lola como un ratoncillo en la trampa.

Para cuando Berta les vio tomando el aperitivo la red ya había atrapado su pieza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario