viernes, 27 de mayo de 2016

19 Berta se pone en su sitio








Berta no podía creer lo que sus ojos estaban viendo.
Tuvo que pestañear para asegurarse de que era cierto.
Mientras hacía unos recados por San Sebastián, sus ojos divisaron a una pareja que le resultaba familiar, en la terraza del Barandiarán.
Lola había llegado a esa edad en que sin las gafas progresivas no enfoca bien la vista.
Pero solo se las ponía cuando era necesario.
Se fijó con atención y efectivamente eran los que se había imaginado:
Marcos y Lola Zuloaga tomando el aperitivo.
Era demasiado tarde como para marcharse haciendo ver que no les había visto y no le quedó más remedio que acercarse y saludarles, marcando una naturalidad que estaba lejos de sentir.
Ambos se levantaron, la besaron y le insistieron para que se quedara con ellos.
A estas alturas de la vida y de sus experiencias, pasaron por su cabeza a la velocidad del rayo varias reacciones y optó por la que más le apetecía, que era quedarse con ellos.

Menos mal, pensó, que ya me he dado cuenta de que Marcos es un hombre débil, porque si me llega a pasar esto hace unos día,s me podía haber dado un ataque de celos de los que hacen historia.

Durante un rato que se hizo largo, todos estaban callados.
Se percibía cierta tensión en el ambiente, que gracias a Dios, pensaba Berta, no era producida por ella.
Era evidente que Marcos y Lola habían salido más veces y no le habían llamado.
A Berta no le importaba, puesto que en el punto en que se encontraba, ya no contaba con nadie y se había dado cuenta de que no estaba enamorada de Marcos, así que lo único que pensaba es que esa situación era cómica.

Tanto Marcos como Lola fumaban sin parar.
Le extrañó ver a Marcos con un cigarro, ya que desde el susto que se pegó con la depresión y lo del hígado había dejado de fumar.
Se abstuvo de hacer comentarios, no venía a cuento.
A pesar de que los tres pusieron de su parte para que la situación no fuera incómoda, no lo consiguieron por lo que Berta, en cuanto terminó su mosto, se despidió y se fue sin dar explicaciones.

Pasó la tarde como de costumbre, echó la siesta, e intentó ver “El sacrificio” de Tarkovsky, que es una película de culto, difícil, incluso para los cinéfilos más entregados.
“El sacrificio” es la oba maestra de un poeta irrepetible, sin embargo, su peculiar cadencia y el largo metraje, exigen un esfuerzo al espectador.
A pesar de que le resultaba dura, Berta no tiró la toalla.
Vio un rato y decidió que seguiría con ella al día siguiente.
Marcos le había explicado quien era Tarkovsky y tenía intención de poner de su parte, para ser capaz de disfrutar de su cine.
Había visto “La infancia de Iván” que es una de sus primeras películas y reconocía que tuvo que hacer un esfuerzo       a que le había compensado.

Al salir de la reunión, Marcos se acercó a ella como tenía costumbre y le dijo lo de siempre:

¿Tomamos un café?

A lo que Berta contestó:

Si, claro.
Además, quiero comentarte lo que me pasa con Tarkovsky.

Marcos la miró con una expresión que daba a entender que esperaba algo así.

Me imagino que te costará.
Vas muy rápido.
Te he hablado de Tarkovsky porque es un poeta imprescindible, pero ya sé que puede resultar aburrido.

Eso era exactamente lo que Berta pensaba.

Pues si, la verdad es que se me hace duro, pero quiero ser capaz de saber lo que hace y apreciarlo.
Estoy dispuesta a ver su cine, aunque sea poco a poco.

Es una buena idea, repuso Marcos, merece la pena hacer un esfuerzo y ver buen cine aunque te cueste.
Es importante ver las películas de los clásicos, con ellos se aprende.

Hablando de Tarkovsky se pasó el tiempo y cuando se despidieron Berta se dio cuenta de que se iba cada uno a su casa, sin haber tocado el tema de Lola Zuloaga.

No importa, pensó Berta, mejor, así para mañana se me habrá olvidado.

Marcos también tenía sentimientos encontrados, pero no sabía distinguirlos.
Notaba que la relación con Berta le había devuelto a la vida, no podía negar la evidencia.

¿Por qué me sentiré tan a gusto con ella y sin embargo no me atrae físicamente?
Se preguntaba a menudo.
Marcos era consciente de que a pesar de encontrarse mejor, todavía arrastraba un lastre muy pesado.
En algunos momentos había sentido cierta atracción hacia Berta, pero nunca se planteó la idea de hacérselo ver.
Y ahora que había salido un par de veces con Lola, se preguntaba si no estaba haciendo un disparate, arriesgando la maravillosa relación que tenía con Berta, por salir con una pizpireta, a la que solo le interesaba estar mona para gustar a los chicos.
O tal vez se engañaba y Lola era mucho más que lo que mostraba.
Tenía un lío en su cabeza.
Lo que sí era un hecho en toda regla, es que Berta era la persona más importante en su vida y por nada del mundo quería herirla y mucho menos perderla.
No había sido honesto con ella.
Se sintió ridículo cuando le pilló por sorpresa con Lola, después de haberle dicho que era una impostora.
Lo menos que podía haber hecho es decirle que había salido un para de veces con ella y que le gustaba su compañía, que se había precipitado al juzgarle.
Se había comportado como un niño.
Se sintió avergonzado.
Sin embargo, Berta actuó con toda naturalidad.
Tal vez estaba equivocado al pensar que Berta sentía algo especial hacia él.

En fin, pensó, la vida sigue, no tengo por qué tomar decisiones.
Además, tengo la suficiente confianza con Berta, como para hablar con ella de mis propias confusiones.
Y no solo tengo a Berta, también tengo al grupo.
Hace tiempo que no hablo y debo hacerlo, me sienta muy bien afrontar.

Al llegar a casa estaba animado y preparó su CV y la carta de recomendación de la productora, para enviarlos a la oficina de Beloki.
Había pasado unos días desde que su padre le dijo que lo hiciera, pero no le había llegado el momento hasta ahora.
No quería tener demasiadas expectativas, porque sabía que son la causa del sufrimiento, aún así, estaba casi seguro de que aunque solo fuera por la cantidad de favores que le debía a su padre, no le quedaba más remedio que buscarle un trabajo.
Se metió en la cama más contento de lo habitual.
Parecía que la nube negra que le rondaba por la frente casi siempre, se iba disipando y sus problemas empezaban a ser los normales en una persona de su edad.
No era un enfermo digno de lástima.
La vida empezaba a sonreírle.


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