lunes, 18 de abril de 2016

Capítulo 8 Los beneficios del esfuerzo







Natalia llevaba varios días sin aparecer por la terapia y Berta no quería molestarla ni ser indiscreta, pero le preocupaba, porque sabía que estaba pasándolo muy mal y temía por ella.
Aunque en su día estuvieron muy unidas, había pasado el tiempo y no sabía hasta qué punto sería prudente llamarla por teléfono.
A pesar de las dudas, lo hizo.
Nadie respondió.
Dejó un mensaje en el que le pedía que le devolviera la llamada por favor.

Berta durmió plácidamente, satisfecha consigo misma por haber sido capaz de afrontar sus miedos.
Al día siguiente, temprano, Natalia le devolvió la llamada.
Casi no podía hablar, consiguió darle a entender que se encontraba mal, llevaba varios días sin comer y sin salir de casa, no tenía ganas de nada.
Ni siquiera tenía fuerza para levantarse de la cama.

En varias ocasiones a Berta le había visto Undabarrena, un psiquiatra experimentado que había conseguido ayudarla en los momentos más duros de su vida.
Le propuso a Natalia que podía llamarle y ella misma la llevaría si podía recibirla.
Le costó convencerla, pero lo consiguió.
Berta recogió a su amiga y el doctor Undabarrena las estaba esperando cuando llegaron a su consulta.
Habló un rato con las dos y  al ver que Natalia se había serenado y confiaba en él, invitó a Berta a dejarles solos.

El doctor Undabarrena estaba enamorado de su profesión.
Era capaz de meterse en la piel de sus pacientes, se ponía en sus zapatos y eso hacía que se sintieran bien.
Natalia, que estaba nerviosa, débil y con ansiedad, al quedarse mano a mano con él, se sintió segura.
Undabarrena se sentó en una butaca cercana a la suya y le ofreció un cigarro.
Natalia aceptó.
Parecía que el doctor no tenía prisa.
Le dio fuego y esperó tranquilamente a que ella fumara.
Le ofreció café.
Natalia aceptó.
El doctor puso a funcionar la melita que tenía en su despacho y esperó a que cayera el líquido en la jarrita.
Sirvió dos tazas.
Le preguntó si quería leche y azúcar.
Natalia asintió con la cabeza.
Sirvió lo mismo en las dos tazas y las puso en la mesita que estaba entre las butacas.
Demasiado caliente, aún así, ambos bebieron un poco.
Se miraron y el doctor sonrió.
Natalia se encontraba mejor.
A veces lo único que necesita un ser humano es que le traten como tal.
Todos tenemos nuestra dignidad.
Undabarrena le dijo a Natalia que no era necesario que hablara, pero si le apetecía contarle sus problemas, tal vez él pueda ayudarla.
Natalia se echó a llorar.
El doctor esperó bebiendo su café, haciendo ver que tenía toda la vida por delante, para esperar a que se serenase.
Al cabo de un rato Natalia se calmó e intentó decirle, balbuceando, que su hijo se había suicidado.
Que estaba sola en el mundo, porque se llevaba mal con su familia y que su vida era miserable.
Undabarrena la escuchó mostrando verdadero interés y le dijo que en su situación es normal sentir angustia.
Le recetó un antidepresivo que le tranquilizaría y quería verle la semana siguiente.
Respecto a los honorarios, le dijo que no se preocupara, porque él la trataría a través de la Seguridad Social.
También le animó diciendo que para la semana siguiente, él habría hablado con una asistenta social para que se ocupe de su problemas materiales y no tenga más preocupaciones que ir superando lo de Gabriel.
Natalia no se lo podía creer.
Con la manía que tenía a los psiquiatras, de repente se había encontrado con un ángel.
Estaba tan agradecida, que al despedirse le apretó la mano con las suyas y sintió tanto cariño, mezclado de esperanza, que casi no pudodarle las gracias.
Al salir, Berta la esperaba leyendo el Hola y ambas fueron a una farmacia para comprar la medicina y a la terraza del Barandiarán, que estaba cerca.
Pidieron dos mostos.
Estaban contentas.
Quedaron en verse por la tarde en TPA.
Tener que ir todos los días a TPA podía resultar una lata, pero no les quedaba más remedio que reconocer que gracias a eso, sus vidas empezabas a tener un poco de luz.
A pesar de haber estado metidas en drogas hasta el cuello, tanto Natalia como Berta tenían cierta reticencia a los fármacos.
Sin embargo, Berta había comprendido a lo largo de su vida, que hay situaciones en las que es necesario dulcificar los tormentos y conseguir que los malos ratos, no lo sean tanto.
A Natalia le costaba más, pero se dejó llevar por su amiga y estaba satisfecha.
Solo el hecho de saber que le amortiguaría la angustia que le oprimía, mezclada con los sentimientos de culpabilidad, añadidos a la cantidad de días que llevaba sin comer ni dormir, le sirvió de impulso para ir a su casa, prepararse algo de comida y echar una siesta beneficiosa, de la que se levantó como nueva.

Se arregló y apareció en la reunión con un aspecto bastante mejor que el de la mañana.







No hay comentarios:

Publicar un comentario