sábado, 16 de abril de 2016

Capítulo 6 La debilidad de Berta









A pesar de gozar de una fortaleza física extraordinaria y de haberse dado cuenta de que había metido la pata al casarse con Javier y de que el tropiezo que tuvo con Cosme, lo pagó con un ingreso en un psiquiátrico y la desconfianza de sus padres, había algo en ella que le impulsaba a acercarse a hombres problemáticos.
De hecho, hasta hace muy poco, estuvo saliendo con un tío que bebía y ella, sin ni siquiera preguntarse si le interesaba el alcohol, bebía con él.
Le sentaba fatal, no solo por las resacas, sino que se ponía muy alborotada y llamaba la atención, hasta el extremo de que le prohibieron entrar en los bares a los que iban a diario.
Jose María bebía más que ella, pero por alguna razón desconocida, nunca perdía el control.
Lo pasaban bien juntos y Berta estaba enamorada como una adolescente.
Él se daba cuenta de que su compañía era nociva para ella, mas no estaba dispuesto a dejar de beber.
Su vida social se basaba en el alcohol, algo habitual en el país de los vascos.
Tomaba cervezas durante el día y al anochecer, cuando salían a tomar una copa, es decir todos los días, caían varios cubatas, lo que supone una cantidad importante, aunque no bebiera vino en las comidas.
Fue idea de Jose María que Berta acudiera a TPA.
Al principio, Berta estaba reticente, pero él se puso serio y le amenazó con dejarla si no lo hacía.
Berta empezó a ir al grupo sin ninguna gana.
No hablaba.
Le daba vergüenza reconocer que no era capaz de tomar sus propias decisiones y que había sido su novio, el que le había dado un ultimátum.
Poco a poco, a medida que escuchaba a sus compañeros, se despertó en ella la consciencia de si misma y comprendió que se portaba de una manera infantil y que había llegado el momento de madurar.

Al salir de TPA solía quedar con Jose María, que seguía haciendo la misma vida y encontrándose con las mismas personas que le había presentado a Berta cuando se conocieron.
Pero Berta, tomando un mosto, no solo no se divertía, sino que se sentía extraña en ese contexto.
No tenía nada que ver con esa gente, ni con sus conversaciones.
Su pensamiento estaba muy lejos de allí.
Poco a poco, notó que ni siquiera estaba enamorada de Jose María y dejó de verle, casi sin darse cuenta.
Probablemente, él ni se enteró.
Ella no había sido más que una acompañante en su rutina cotidiana.
Berta se quedó sola una vez más.
Todos sus hijos estaban estudiando las carreras en el extranjero.
Javier Iradier daba muchísima importancia a que tuvieran una buena preparación y desde pequeños se acostumbraron a la disciplina del estudio.
Habían estado internos en Suiza y en Inglaterra, por lo que hablaban inglés, francés y alemán, sin problemas.
Por otro lado, su madre les había educado en plena libertad y ellos habían aprendido por si mismos hasta tal punto, que se responsabilizaban de sus actos, sin necesidad de que nadie les dijera lo que tenían que hacer.
Berta tuvo suerte con ellos.
Nunca le causaron problemas sino todo lo contrario, más bien eran ellos los que cuidaban de ella.
Al principio lo pasaron mal en los internados, pero lo aceptaban con alegría, porque sabían que era la única manera de aprender otras lenguas con precisión.
También a Berta le costaba estar separada de ellos, sin embargo gracias a no tenerles en casa, tuvo tiempo para terminar su carrera de arquitectura, que aunque nunca la ejerció, le dio un conocimiento profundo para disfrutar del arte, sobretodo cuando viajaba, que era una de sus actividades preferidas.
Berta visitaba a sus hijos a menudo y aprovechaba para conocer lugares cercanos.
Al pensar en ellos y en lo que le había contado Natalia, casi se avergonzaba de la buena suerte que tenía en su vida.
Reconocía que era una quejica.
Lo poco que no le había salido bien, era porque ella se lo había buscado.
No podía culpar a nadie.
Elegía mal a los hombres, a sabiendas de que no eran los apropiados para tener una relación estable.
Casi todos los tíos con los que había estado, eran adictos y ella era lo que se llama codependiente, es decir una persona que no ha desarrollado la autoestima y tiene relaciones adictivas, que tienen muy poco o nada que ver con el amor.
Gracias a su asistencia diaria a TPA y al ambiente de sinceridad, respeto y cariño que se respiraba en el grupo, por primera vez en su vida empezó a pensar en lo afortunada que era y en los privilegios de los que gozaba.
También por primera vez, se avergonzó de sus quejas constantes y agradeció todo lo que tenía a su favor y lo maravilloso de la existencia.

Aparentemente, su encuentro con Natalia resultó fructífero para ambas.
Berta acababa de terminar su relación con Jose María y Natalia estaba atravesando el peor momento de su vida, como ya se lo había contado en privado.
Al recapacitar sobre lo que le había pasado a Natalia, Berta despertó de una especie de letargo, en el que había estado sumida casi toda su vida.
Todo fue excesivo para ella desde que se casó con diez y nueve años, casi recién salida del internado en Francia.
Había leído demasiada literatura basada en el amor y creía que la vida era como lo que mostraban los libros, por lo que se pegó un susto morrocotudo, que ya empezó en el viaje de novios.
Y cuando a los veintitrés años se encontró con cuatro hijos, la vida se le cayó encima.
Gracias al apoyo de sus padres, sobrevivió.
Fue su madre, Begoña Vildósola, la que le ayudó mientras estaba casada.

Lo que no le hizo gracia es que se separara y mucho menos que metiera a aquel individuo traficante en su casa, por lo que se distanció de ella, haciéndole ver que no estaba contenta con su comportamiento.

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