jueves, 14 de abril de 2016

Capítulo 5 Natalia y Berta








Al salir de TPA, Natalia y Berta fueron a tomar un café para poder estar juntas un rato y contarse sus cuitas.
No se habían visto desde que Natalia se fue a Amsterdam con aquel novio holandés, que se dedicaba a trapichear con hachís.
Ambas tenían muchas cosas de las que hablar, pero Berta notó que su amiga necesitaba ser escuchada y tras la emoción que había expresado en el grupo, se sintió en la obligación de dejar que se desahogara.
No imaginaba hasta qué punto acertó en este pequeño acto de delicadeza.
Lo que Natalia le contó, superaba todas sus previsiones.
Berta tenía por costumbre creer que era la persona más desgraciada del mundo, hasta que se enteraba de los problemas de los demás.
Entonces, se daba cuenta de que lo único que podía hacer es agradecer a la vida todo lo que le daba.
Sus hijos estaban sanos, ella estaba saliendo de una recaída, su exmarido la seguía manteniendo, gracias a lo cual no tenía problemas materiales y ella, a pesar de todas las tropelías que había cometido con su cuerpo, gozaba de una salud de hierro y no solo no tenía VIH, sino que incluso sus últimos análisis estaban impecables.
Fueron a tomar algo a la cafetería del hotel Londres, desde donde veían la playa, en la que todavía quedaban algunos bañistas rezagados.
Había hecho un día maravilloso y los donostiarras adoran sus playas.
Se sentaron en una mesita de la terraza.
Natalia estaba nerviosa.
Empezó a hablar con dificultad.
Berta le puso la mano en el hombro y la tranquilizó diciendo:

Natalia querida ¡que alegría tan grande haberte encontrado de nuevo después de tantos años!

Ya, a mi también me gusta verte, contestó sin saber muy bien lo que decía, lo que pasa es que me has cogido en el peor momento de mi vida.

Berta la miró y sus ojos expresaban todo el cariño que sentía por ella.
Natalia debió notarlo porque su rostro se serenó y empezó a hablar sin vacilar:

Has oído lo que he contado en el grupo.
Pues bien,  eso no ha sido más que el principio.
Casi prefiero contarte el final, para que te des cuenta de la situación en que me encuentro.

Berta percibió que su amiga requería toda su atención, por lo que adoptó la actitud del que escucha con la firme intención de no interrumpir.

Vivía con mi queridísimo hijo y hacía toda clase de trabajos para sobrevivir sin la ayuda de nadie, intentando que Gabriel estudiara e hiciera lo que corresponde a un chico de su edad, a pesar de todas las dificultades.
Era un chico sensato, hacía deporte, era amable conmigo, teníamos una relación encantadora y sin ningún motivo aparente, de pronto empecé a notarle raro.
Pensé que serían cosas de la edad.
Nunca había sido un buen estudiante por lo que repitió algunos cursos y le costaba tener que hacer nuevos amigos cada año.
Aún así yo no me preocupaba demasiado.
Pensaba que yo no era capaz de exigirle como lo hubiera hecho un padre.
Me sentía impotente ante un hombrachón de un metro ochenta que parecía que sabía perfectamente lo que quería.
Poco a poco nuestra relación se fue deteriorando y vivíamos como dos desconocidos, casi sin hablarnos.
Durante un tiempo, permanecí ciega ante la evidencia.
Dejó de ir al instituto, llegaba tarde a casa, me daba malas contestaciones y no me quedó más remedio que reconocer que estaba haciendo lo que yo considero una autodestrucción inmisericorde.
Fue una época horrorosa.
Imagínate.
Sabiendo todo lo que yo sé sobre ese tema y de repente me encuentro con que mi hijo, la persona a la que más quiero en el mundo, se mete en un asunto que solo conduce a la ruina, la enfermedad y casi seguro que a la muerte.

Yo le escuchaba con los cinco sentidos, sin rechistar, a pesar de que me apetecía hacerle preguntas, pero tuve el valor para callarme y dejar que se expresara con libertad.
Al ver que yo mostraba interés, siguió con la narración:

Intenté hablar con él pero fue imposible.
Estaba cerrado en banda.
Insistía en que no le pasaba nada.
Él estaba informado de los pormenores de mi vida, por lo que no le pilló de sorpresa que le levantara la manga y viera las marcas de recientes pinchazos.
Tuvo que admitir la verdad.
Cuánto antes cortara esa adicción, mejor.
Le propuse ir a Proyecto Hombre, pero se negó en rotundo.
Yo no sabía qué hacer.
Pasó el tiempo y nuestra relación se convirtió en un infierno.
Me robaba el poco dinero que entraba en casa y discutíamos cada vez que nos veíamos.

En ese momento Berta se calló, se quedó mirando al infinito como si hubiera perdido la noción de todo y yo, sin saber qué hacer ni qué decir, me callé también.
Al cabo de un rato me miró con extrañeza, como si hubiera estado ausente, y muy despierta y con gran fortaleza, me dijo:

Lo que te voy a decir ahora te va a extrañar, pero no es necesario que hagas nada.
Yo lo he aceptado y estoy fuerte.
No quiero que me compadezcas.

La miré con todo el cariño y la comprensión de los que fui capaz y ella, con la voz firme y la cara muy seria, me dijo lo siguiente:

Gabriel se tiró por la ventana.
Me dejó una carta en la que escribía que estaba desesperado y que no quería hacerme más daño.
Que yo, su madre, la persona a la que más quería del mundo, no merecía pasar por todo lo que estaba pasando por su culpa.
“Me quito del medio y tu podrás tener paz en tu vida” (sic)
Te quiero con toda mi alma


Gabriel

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