martes, 12 de abril de 2016

Capítulo 4 Sorpresa, alegría y desconcierto









Como cada día, Berta hizo el esfuerzo para acudir a TPA sabiendo, que en ello radicaba su recuperación y la vuelta a una vida satisfactoria.
En el fondo de su corazón se sentía débil y le faltaba confianza, tanto en sí misma como en la terapia, pero estaba segura de que era lo mejor para salvarse.
En realidad era el único clavo al que podía asirse para no caer más bajo.
Ese día la vida le ofreció un regalo que le produjo cierta alegría.
Se encontró con una amiga de las épocas álgidas de las drogas, sexo y rock’n roll con quien también le unía una gran afinidad en otro ámbitos de la vida, ya que ambas habían empezado a estudiar arquitectura.
Se dieron un gran abrazo y se emocionaron.
Llevaban mucho tiempo sin verse y sin saber nada de sus respectivas vidas.
Natalia Sáenz de Buruaga era algo más joven que Berta, pero cuando las aficiones han sido comunes, la edad no cuenta.
Ellas habían estado muy unidas cuando sus vidas empezaron a tambalearse.
Natalia no era especialmente guapa pero era culta, inteligente y tenía un corazón de oro.
Tanto su familia como la de Berta, pertenecían a ese tipo de conservadurismo que se niega a aceptar que los tiempos están cambiando y que más vale modernizarse, porque el abismo generacional influye en las relaciones con los hijos y las distancias pueden resultar tan grandes que no se recuperan.

No pudieron hablar demasiado porque el grupo empezaba y tuvieron que hacer las presentaciones y la bienvenida.
Los nuevos no suelen hablar el primer día, pero Natalia estaba tan necesitada de contar lo que le había pasado, se sintió tan bien recibida por todos y le produjo tanta alegría encontrarse con Berta, que quiso expresarse.
Se notaba que tenía costumbre de hablar en grupos terapéuticos, no titubeaba y lo hacía con naturalidad.

Así habló ante el respetuoso silencio de los asistentes, que aquel día eran más de los habituales:

Me llamo Natalia y soy toxicómana.
Hace tiempo que estoy limpia, sin embargo necesito la ayuda del grupo porque me siento débil, tan débil que a veces, muchas veces, pienso en el suicidio.

Natalia se calló y el silencio general se hizo más profundo, si cabe.
Sin embargo, pasada la primera impresión que produjeron sus palabras, siguió hablando como si lo que hubiera dicho formara parte de lo cotidiano.

Hace muchos años, antes de cumplir los treinta, vivía en Holanda y me quedé embarazada de un holandés que me dejó en cuanto le dije que tenía intención de ser madre.
Reconoció que no estaba dispuesto a responsabilizarse de un hijo y que era mejor que me deshiciera de él lo antes posible.
Ni por un momento se me pasó por la cabeza la idea de interrumpir el embarazo.
Nunca había experimentado la necesidad de ser madre, pero al saber que una vida se estaba gestando en mi interior, sentí tal ternura que me llenó de alborozo y decidí seguir a pesar de las dificultades.
Dejé las drogas para que no afectaran al niño y traté de cuidarme dentro de mis posibilidades.
Nació mi hijo, al que puse de nombre Gabriel y escribí a mis padres para decirles la buena nueva, dándoles a entender que contaba con ellos y con su ayuda.

Reconozco que soy un tanto ingenua, porque ante mi estupor, recibí una carta de mi padre en la que me decía que, con honda tristeza había hablado de mi “problema” con su director espiritual y le había aconsejado que no me repudiara, pero que tampoco me ayudara, puesto que era un hijo concebido en el pecado.

Algunos del grupo que escuchaban sin mostrar demasiado interés abrieron los ojos mirándose entre ellos como sin dar crédito.

Me sentí tan sorprendida por un lado e impotente al mismo tiempo, que sin saber qué hacer para buscarme la vida, me arriesgué a ir a Tailandia y comprar heroína para moverla en San Sebastián.
En aquel momento pensé que era mi única salida.
No me quedó más remedio que llevarme al niño, no solo porque no tenía a nadie con quien dejarle, sino que me pareció que nadie pensaría que una madre con un bebé se dedicaría a traficar con caballo.
Pues bien, me equivoqué.
Todo parecía que iba bien hasta que llegué a París.
En el aeropuerto me estaba esperando la policía y no tardaron en encontrarme lo que con tanto cuidado había escondido.
Me detuvieron y nos metieron en talego a Gabriel y a mi.
Todas las presas que estábamos allí teníamos a nuestros hijos, pero la verdad es que no me parecía que fuera un lugar adecuado para mi hijo, por lo que llamé a mi hermano Beltrán, que siempre se había portado muy bien conmigo y le dije que por favor viniera a buscar al niño y se lo llevara a mis padres.
A pesar de su rechazo inicial, se vieron en la obligación de acogerlo.

A mi me trasladaron a una cárcel de mujeres y allí pasé un año aprendiendo francés y recapacitando sobre la cantidad de tonterías a las que había dedicado mi vida.
No considero que ese tiempo de mi vida fuera negativo, sino todo lo contrario.
No lo pasé bien, pero tuve tiempo para reflexionar y aprendí que en todas las situaciones se puede aprender.
Al cabo de un año me soltaron y volví a San Sebastián.
Me presenté en casa de mis padres.
Gabriel no me reconoció.
Mi hermano me había alquilado un pisito para que pudiéramos vivir Gabriel y yo y prometió ayudarme hasta que consiguiera un trabajo.
Me sentía fuerte y con ganas de empezar una vida ordenada para sacar adelante al niño.
No es que tuviera demasiada ilusión por la vida, pero por lo menos estaba libre y las drogas habían dejado de interesarme.

A veces paraba, respiraba y seguía con el relato.
Se notaba que lo había contado muchas veces.

Pronto encontré un trabajo en la misma guardería a la que llevaba al niño y así nos fuimos arreglando.
Poco a poco mis padres fueron bajando la guardia con nosotros.
Aunque no les hizo ninguna gracia que yo estuviera en la cárcel y tener que cuidar a Gabriel, le cogieron cariño y los primeros enfados se apaciguaron.
Algunos domingos íbamos a comer a su casa y veíamos a Beltrán y a mis hermanas.
Todos eran amables con nosotros pero ya nadie nos ayudaba, nuestra vida era difícil, por no decir miserable.
Mi trabajo en la guardería era exhaustivo y al llegar a casa, tenía que ocuparme de Gabriel.
Vivía con la sensación de estar siempre cansada.
Pasé unos años realmente difíciles.
Echaba de menos mi vida de estudiante.
Antes de meterme en el mundo de las drogas me gustaba la arquitectura y empecé a estudiar enBarcelona.
Allí es donde conocí a gente que hacía viajes a Amsterdam y poco a poco entré en ese mundo que me atrajo desde el principio.
Así empezó mi decadencia.
Quería mucho a mi hijo, pero al mismo tiempo le culpaba de la vida tan perra que llevaba.

Natalia se calló.
Se notaba que estaba dolida, se emocionó y empezó a llorar.
Al principio solo gemía, pero se fue animando y su llanto se transformó en angustia.
El grupo estaba quieto y callado hasta que yo me levanté, le abracé y permanecimos así hasta que se calmó.

Era la hora de marcharnos.
Nos íbamos a casa con los sentimientos a flor de piel, sabiendo que todos habíamos dado un paso adelante gracias a Natalia, a quien también habíamos ayudado a contar su secreto.

Poco imaginábamos que lo que nos contó aquel día era un cuento de niños al lado de lo que le ocurriría más adelante.








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