miércoles, 30 de marzo de 2016

Capítulo 3 Otra vez el grupo










Nadie hablaba.
Hasta tal punto el silencio era denso, que ninguna persona se atrevía ni siquiera a toser.
Cuando parecía que iban a pasar todo el tiempo de la terapia de esa manera tan incómoda, un chico que nunca había hablado a pesar de que llevaba muchos meses acudiendo con regularidad, carraspeó.
Todos le miraron.
Habló:

Me llamo Fernando y soy politoxicómano y masoquista.
Antes de venir a este grupo me desintoxiqué en una clínica.
He dejado las drogas pero sigo tomando pastillas.
He estado ingresado en dos ocasiones y no creo que me sirviera para mucho más que para estar limpio un rato.
Sigo con ganas de pincharme y lo único que me tranquiliza cuando me entra la ansiedad, es clavarme cuchillos en el estómago.
Me gusta ver cómo sale la sangre de mi cuerpo y la sensación de debilidad que lleva consigo.
Estoy muy desorientado.
De momento no he sentido comprensión ni empatía con ningún psiquiatra y eso que desde los diez y seis años he estado tratando con ellos.
Ahora tengo veintisiete y mis padres me permiten vivir en su casa, con la condición de que me someta a tratamiento.
Actualmente me ve uno que ha comprendido que lo mejor es darme las recetas y dejarme en paz.
Cuando voy a su consulta me dice:

¿Qué tal estás, Fernando?

Yo le contesto:

Mejor.

Entonces, nos vemos la semana que viene.

Me lo dice con una mueca que quiere parecer una sonrisa.
Creo que ambos sabemos lo que queremos sacar del otro.
Él quiere cobrar sus honorarios y a mi me interesa salir de su consulta con las recetas firmadas.
Me da todo lo que le pido y cuando mi madre le pregunta si cree que me va bien el tratamiento, él explica que es un proceso lento, que por lo menos estoy tranquilo y no hago disparates.
A nadie le interesa saber cuáles son mis problemas, o por qué me produce placer clavarme cuchillos.
Aunque me lo preguntaran no sabría qué contestar porque ni yo mismo lo sé, es algo que hago cuando estoy desesperado y por algún motivo que desconozco, me calma.

Hablaba lentamente, parecía que le costaba pronunciar las palabras.
Era evidente que no mentía y que no sabía lo que pasaba por su cabeza.
Era un chico muy atractivo, alto y delgado, vestido con un vaquero muy estrecho, una camiseta con el careto de Lou Reed y una especie de chaqueta negra vieja y rota, que le quedaba como anillo al dedo.
La verdad es que era un figurín.
Era la primera vez que hablaba y a Berta le impresionó.
Se expresaba bien, elegía las palabras.
Se notaba cierto refinamiento en su conjunto.
Berta pensaba que no tenía edad para fijarse en yogurines, pero no le quedaba más remedio que reconocer que el chaval era endiabladamente atractivo.
Podía haberse imaginado que fuera un yonki, pero lo de los cuchillos le llamó la atención.
No era la primera vez que oía a alguien decir que hacía algo así, pero nunca indagó sobre el tema.

Pensó que el chico había terminado de hablar.
Se equivocó.
Al cabo de un largo silencio, dijo que las últimas semanas estaba siendo menos agresivo consigo mismo.
Cuando se notaba muy nervioso y las pastillas no le hacían efecto, usaba un método que le calmaba casi tanto como el de los cuchillos.
Llenaba una jeringa con agua, se hacía un torniquete en el brazo con un cinturón de cuero y cuando conseguía pillar una vena decente, se metía el agua y sentía cierta satisfacción.
También contó que al principio sus padres y los psiquiatras pensaban que su problema era solo el consumo de sustancias, mas a medida que pasaba el tiempo y cambiaba de psiquiatra, empezaron a tratarle como si tuviera una enfermedad mental que no tenía cura, le atiborraban de pastillas y dieron por hecho que no podía estudiar ni trabajar.
Se aprovechó de la situación, ya que reconocía que era un vago de siete suelas y prefería vivir sin esforzarse.
Dicho lo cual, añadió:

He terminado.

Lo bueno de la gente que acude a este tipo de grupos es que nadie juzga.
En mayor o menor grado, todos los que asisten saben que son de la misma calaña.
Algunos, muy pocos, salen y todo queda reducido a un episodio en su trayectoria vital.
La mayoría de los yonkis mueren en el camino.
Otros van tirando con algunos ingresos más o menos largos y se convierten en enfermos, aunque como en el caso de Fernando, no fuera esa la causa primordial.
Suelen ser personas sensibles para las que vivir en este mundo les resulta difícil por la falta de amor que se respira en general.
Salvo los que están muy deteriorados, suelen ser personas inteligentes, creativas, que hablan de lo que sienten cuando se encuentran a gusto y resulta agradable conversar con ellos.
Berta siempre salía de los grupos mejor que cuando entraba.
Rara vez dejaba de asistir.
Encontraba un gran apoyo en el grupo, en realidad era el único apoyo verdadero con el que contaba.
Resulta mucho más agradable y respetuoso estar en un grupo donde se supone que todos tienen problemas parecidos, que sentarse en el despacho de un psiquiatra que representa a la autoridad y se supone que resuelve con éxito sus problemas, haciendo ver que comprende al paciente que tiene enfrente, al que trata con ese paternalismo simpático que casi siempre resulta humillante.
A ella también le habían tratado unos cuantos psiquiatras y prefería el grupo.
Tenía miedo a la gente en general.
Desde que cayó en manos de aquel chico que le metió en las drogas duras, su vida había sido un camino de espinas con muy pocas rosas.
Lo bueno de Berta es que cada vez que caía, sacaba fuerzas de flaqueza y se levantaba.
Pero reconocía que cuando caía lo hacía a conciencia.

El dinero que pasaba Javier Iradier para que Berta y sus hijos tuvieran una vida digna y a él nadie le molestara, empezó a terminarse muy pronto en los primeros días del mes, ya que el joven yonqui que Berta había metido en su casa lo necesitaba para cubrir las necesidades de ambos.
Llegó un momento en que los padres de Berta se sintieron obligados a tomar cartas en la vida de su hija.
Se presentaron en su casa y al ver el estado en que se encontraba la casa y sobre todo Berta, hablaron con ella en privado y con cariño y firmeza le dijeron que necesitaba una cura de desintoxicación, a lo que Berta accedió sin rechistar.
De momento su madre se llevó a todos a vivir con ellos y le dijo a Cosme que se marchara.
A Cosme se le terminaba la buena vida porque se iba a quedar en la calle trapicheando como de costumbre.
Por lo menos ya lo conocía y pronto encontraría algún pichón que se enamorase de sus encantos y le diera cuartel hasta que le dejara sin nada.
Casi siempre ocurría lo mismo, tanto con hombres como mujeres, sabía hacerlo, estaba acostumbrado.
Hay muchos que viven así.

Cuando las cosas no funcionan lo pasan mal, incluso llegan a dormir en la calle con cartones, pero mientras tengan caballo para que les caliente, nada importa.

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