domingo, 27 de marzo de 2016

Capítulo 2 Una situación difícil








Berta pensaba que solo un milagro podía salvarla.
Su vida era una trampa en la que se había enredado poco a poco y ahora no veía la salida por ningún lado.
Se casó muy joven, tuvo cuatro hijos seguidos y no le quedó más remedio que separarse, porque su marido la engañaba en público y en privado.
No es que se portase mal con ella si no fuera porque jamás estaba en casa y cuando lo hacía, parecía que ni la veía, pero no soportaba vivir en esa situación tan humillante.
Se casó pensando que estaba muy enamorada.
Pasaron los primeros efluvios de la pasión y dejó de ser la chica más guapa de las fiestas.
Perdió la cintura y Javier Iradier dejó de interesarse por ella.
Ingresaba en el banco una cantidad razonable de dinero para que Berta se ocupara de todo lo referente a la casa y los niños, mientras él se dedicaba a seducir a las chicas de la empresa en la que trabajaba.
No solo a las secretarias, sino también a las que ocupaban cargos de cierto nivel, las cuales no tenían inconveniente en salir con el jefe, a sabiendas de que estaba casado.
Javier era guapo, alegre y muy divertido.
Ni por un momento se le pasaba por el magín que se estaba comportando como un macho alfa.
Alguna vez que su mujer le mencionó algo parecido, se rio sin darle la menor importancia.

No fue fácil para Berta tomar la decisión de dejarle.
Su madre, que era mejicana, le aconsejaba que aguantase un poco, que dentro de unos años que pasan rápido, Javier volvería a ella con las orejas gachas, como hizo su padre y el padre de su padre.
Según ella, es característico de los hombres, algo por lo que hay que preocuparse.
Además, podía estar contenta de que su marido no le diera la lata, ya que los que no están con mujeres fuera de casa, son muy pesados con sus esposas.

No tienes más que mirarte a ti misma, eres una niña y ya tienes cuatro hijos.
Si siguieras a este ritmo, en unos años te encuentras con una prole y sin saber que hacer con ella.

Se lo decía a sabiendas de que eso es lo que piensan las mujeres mejicanas.
Berta era una mujer con una mentalidad abierta, moderna y ni siquiera se molestaba en llevarle la contraria.
Se sentía sola y sin apoyo, lo cual no le impidió tomar sus propias decisiones.
Habló con Javier.
No opuso resistencia.
No era idiota y se daba cuenta perfectamente de que lo que ofrecía a su esposa, no era una vida digna.
Lo hicieron de mutuo acuerdo, con un abogado amigo que organizó todo estupendamente.
Berta se quedó con los hijos en la casa y Javier les vería de vez en cuando, sin comprometerse demasiado.

Al quedarse sola, Berta pensó que echaría en falta a su marido, sin embargo lo único que sintió, fue una maravillosa sensación de ligereza, que le devolvió las ganas de vivir que casi habían desaparecido.
Lo primero que hizo fue matricularse en la universidad para seguir estudiando su carrera de arquitectura, que había dejado empantanada al tener el primer hijo.
La alegría que sentía cada día al levantarse por la mañana, dejar a sus hijos en la parada del autobús y dirigirse a sus clases, compensaba todos los años de desencanto que vivió con su marido.
Los olvidó sin esfuerzo.
Pronto hizo amigos con los que salía al mediodía y recuperó la dinámica social que creía haber perdido para siempre.
Empezó a disfrutar de la vida y a sentir deseos que tenía olvidados.
A pesar de tener cuatro hijos, era una mujer muy joven y tenía las ganas de divertirse a flor de piel.
Parecía un corcho de una botella de champán a punto de lanzarse al espacio.
Le costaba volver a su casa para cuidar a sus hijos cuando terminaban las clases. 
Veía que sus amigos seguían juntos y organizaban planes para ir a los museos y a distintos lugares, en los que fumaban y bebían y al día siguiente comentaban lo bien que se lo habían pasado.
Berta aprendió a tener su propio hachís, a hacerse sus porros y ya no necesitaba de sus compañeros para ponerse morada.
Así se tranquilizaba y no le importaba tanto no poder salir de casa.
A medida que pasaba el curso, iba adquiriendo más seguridad en si misma y pensó que los viernes y los sábados podía dejar dormidos a los niños, mientras ella salía a refitolear por los garitos que frecuentaban sus amigos.
No tenía por qué pasar nada.
Así fue.
Resultó una buena idea.
Se desfogaba y le importaba menos no salir entre semana.
Se echó una amiga con la que podía comentar tanto los planes del día anterior como los asuntos de la carrera.
A ambas les encantaba la arquitectura, eran buenas dibujantes y conocían al dedillo los edificios de San Sebastián, Bilbao, Madrid, Barcelona, París y Nueva York.
Todo iba bien.
Sus hijos espabilaron.
Aprendieron a bañarse solos, a vestirse, prepararse el desayuno y a mentir a su abuela cuando llamaba preguntando por su madre y no estaba en casa.
Siempre encontraban alguna disculpa para proteger a Berta, a la que adoraban.
Begoña Vildósola, la madre de Berta, se daba cuenta de que su hija estaba más suelta de lo que ella consideraba razonable.
Le disgustó que se separara y mucho más que volviera a la universidad, teniendo cuatro hijos de los que ocuparse.
Su intuición no le mentía al decirle que descuidaba sus deberes de madre y ama de casa.
Begoña Vildósola no solo no se equivocaba, sino que acertó de pleno.
Aturdida por el humo del Cannabis y la psicodelia del LSD, cayó en los brazos de un adelantado en drogas mayores, que con gran delicadeza le introdujo el acero en la vena, con una de las mejores heroínas que aparecieron en San Sebastián en aquellos tiempos donde todo, incluso el caballo, era más ecológico.
Berta no pudo resistirse a un placer desconocido, que achacó a aquel jovenzuelo bello como un Adonis, ágil como una lagartija y seductor como un arcángel.
A partir de ese encuentro, no dejaba solos a sus hijos.
Se quedaba en casa con su amante o le esperaba mientras iba él iba a “pillar” (1).






1_ En el mundo de los toxicómanos se emplea el verbo pillar como sinónimo de comprar, conseguir, buscar… cualquier tipo de sustancia.

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